Colombia está de luto por el devastador terremoto del pasado lunes. Tengo el corazón apachurrado por esta dolorosa tragedia. Lamento enormemente los cientos de vidas perdidas, los heridos que se cuentan por miles y los desaparecidos cuyo número sigue creciendo. Qué triste que, en cuestión de segundos, tantas familias hayan quedado sin techo y lo hayan perdido todo.
Sin embargo —y sin ánimo de minimizar semejante desastre—, los expertos coinciden en que, para un sismo de magnitud 7.4, las consecuencias pudieron ser peores. Si hubiese sido más superficial habría arrasado con aún más fuerza; este, en cambio, se produjo a más de 100 kilómetros de profundidad, lo que amortiguó el impacto en la superficie. Claro que el dato técnico no consuela a quienes lo perdieron todo, pero ayuda a entender por qué una tragedia de esta dimensión pudo haber sido aún peor.
Si en Bogotá el remezón fue estremecedor, no quiero imaginar cómo fue en las ciudades y pueblos de los departamentos afectados. Yo que pensé que ya estaba curado de espantos, confieso que nunca en mi vida había sentido un temblor tan fuerte, y sobre todo, tan prolongado. Vivo en un séptimo piso, que en realidad viene siendo un décimo, y el susto fue duro. Se sentía cómo se movía el edificio y se veía cómo se mecían, con fuerza, las lámparas y otros elementos colgados. Gracias a Dios, no pasó del susto.
A los grandes retos que debe enfrentar el nuevo Gobierno se suma ahora la atención de las víctimas y la reconstrucción de las regiones afectadas. Lo hecho hasta ahora por el presidente De la Espriella me ha parecido oportuno y acorde con lo que la situación requería. Me sorprendió gratamente la celeridad de la respuesta del Estado, considerando que el desastre ocurrió apenas tres días después de la posesión presidencial, cuando varios cargos clave ni siquiera se habían nombrado.
Ahora bien, si la catástrofe hubiese ocurrido en el anterior gobierno, creo que, por la negligencia y desidia administrativa que lo caracterizaron, la tragedia hubiese tenido peores ribetes.
Para empezar, el terremoto —que ocurrió a las 7:34 de la mañana— habría cogido al presidente Petro dormido. Hacia el mediodía, habría emitido un hilo interminable en su cuenta de X, plagado de errores de sintaxis y con una retórica enrevesada, en el que el terremoto sería culpa del uribismo y de los oligarcas de este país que no solo manipulan la economía, sino también las placas tectónicas. Por supuesto, la llamada prensa Mossad habría sido acusada de infundir pánico y de tergiversar la información para desestabilizar al gobierno.
El decreto que declararía la emergencia económica habría salido tarde. Entre tanto, la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD) habría tenido que trabajar con las uñas, con los escasos recursos que le dejaron Olmedo López y Sneyder Pinilla tras saquear la entidad.
El ministro de Hacienda, Germán Ávila, habría anunciado una reforma tributaria exprés para atender el desastre. Y su homólogo de la cartera de Salud, Guillermo Alfonso Jaramillo, habría ido a los pueblos afectados no para auxiliar, sino a regañar públicamente al personal médico que remitió los heridos graves a clínicas privadas de las capitales departamentales.
Proactivamente, Armando Benedetti, ministro del Interior, se habría ofrecido a manejar las donaciones provenientes del exterior, que se recibirían, eso sí, siempre y cuando provinieran de gobiernos de izquierda. Así, con el aval presidencial, habría fungido como coordinador general de estos recursos, asistido por Juliana Guerrero, quien, para ese momento, probablemente ya exhibiría un diploma de la Universidad San José que la acreditaría como profesional en Administración de Emergencias y Desastres Naturales.
Petro, semanas después del desastre, habría ido por primera vez a una de las capitales afectadas, pero no se habría bajado del avión. Por su parte, Francia Márquez, en su “helicotero”, habría sobrevolado las zonas devastadas y, tras un suspiro, habría soltado su acostumbrada frase: “de malas”.
Obviamente, todo lo anterior pertenece al terreno de la ficción. Es un simple ejercicio de imaginación. Cualquier parecido con episodios, discursos o estilos de gobierno conocidos por los colombianos sería pura coincidencia. O, como diría un abogado, un hecho meramente accidental y carente de toda intencionalidad.
Remate al Arco. Las víctimas de la tragedia tienen unido a todo el país, sin importar sesgos partidistas. En situaciones como esta se pone a prueba la solidaridad de los colombianos y suele salir airosa. 🙏
