No hay duda de que la película La Odisea, escrita y dirigida por Christopher Nolan, es una superproducción con todas las de la ley. No solo reunió un reparto de lujo, sino que contó con un presupuesto superior a los US$250 millones, lo que la convierte en una de las películas más costosas en la carrera del director inglés.
Basada en el célebre poema épico de Homero, la película es sencillamente espectacular, con locaciones maravillosas, efectos especiales asombrosos y un ritmo visual que apenas concede un respiro. A eso sumémosle que fue rodada íntegramente con cámaras IMAX de 70mm —la primera en la historia en lograrlo—, un verdadero deleite visual y auditivo para quienes disfrutamos del cine entendido, ante todo, como experiencia de entretenimiento. Es, además, una fuerte candidata para arrasar en los premios Oscar del próximo año. No me extrañaría que se llevara varias estatuillas —siete u ocho—, incluyendo las de mejor película y mejor director.
Dicho lo anterior, y aun siendo consciente de que probablemente pasará a la historia como una de las grandes cintas de Nolan, debo confesar que no me gustó. O, dicho de otro modo, no cumplió mis expectativas y terminó por decepcionarme. Es como ir a un restaurante con estrellas Michelin, saber que el chef es de alto nivel y que los ingredientes serán de la mejor calidad; pero, cuando finalmente se prueba el plato que ordenó, descubre que no resulta agradable al paladar. Uno esperaba otra cosa, algo realmente delicioso y memorable. La calidad de los ingredientes, por sí sola, no garantiza un plato exquisito.
Entiendo que Nolan se tomó la libertad de versionar La Odisea y hacerla según su propia visión. Y ni más faltaba que no fuera así, pues una adaptación cinematográfica no tiene por qué convertirse en una ilustración literal del libro. Sin embargo, lo que hizo, en mi opinión, fue desdibujar a Odiseo —el personaje central— para convertirlo en una especie de héroe moderno, racional y enfocado en cumplir su misión, bastante alejado del personaje literario astuto, ingenioso, contradictorio y, en ocasiones, descaradamente mentiroso como lo concibió el escritor griego.
Además, el guion se apartó notablemente de la línea narrativa original. Introdujo el Caballo de Troya, episodio que pertenece al amplio ciclo de relatos sobre la guerra de Troya y que es mencionado, aunque no narrado en detalle en La Odisea, y lo convirtió en uno de los ejes de la película. Así mismo, simplificó la secuencia del cíclope Polifemo y le dio un giro que eliminó uno de los pasajes que mejor representan la agudeza táctica de Odiseo: el célebre juego de palabras al presentarse como “Nadie”. Ese ardid es el que le permite escapar cuando los demás cíclopes preguntan a Polifemo quién lo está atacando y este responde que “Nadie”. Esta es una muestra de la inteligencia estratégica del personaje y, precisamente por eso, su ausencia se siente.
También me dejó dudas el casting. No entendí la elección de Lupita Nyong’o para interpretar a Helena. Tampoco creo que Anne Hathaway fuera la actriz ideal para interpretar a Penélope, le faltaron la presencia y la imponencia que debía tener la reina de Ítaca. Incluso para el rol protagónico considero que había otros actores que hubieran encajado mejor que Matt Damon, sin que esto signifique que lo haya hecho mal. Y, para rematar, le encomendó a Elliot Page —que antes era la actriz Ellen Page— el papel de Sinón, el soldado que convence a los troyanos de meter el Caballo en la ciudad, personaje que ni siquiera pertenece a Homero, sino a Virgilio. ¿No habría ganado mayor verosimilitud la escena si el soldado hubiese sido interpretado por un actor, digamos, más varonil y con algo más de 1,55 m. de estatura?
En síntesis, como espectáculo, La Odisea me pareció extraordinaria. Ahora bien, como interpretación de la obra literaria deja mucho que desear y es muy discutible el arco argumental que siguió. Aunque siendo justos con Nolan, transformar un poema épico de esas dimensiones, con una estructura narrativa compleja y numerosos episodios, en una película de casi tres horas no debió ser una tarea sencilla y, como es evidente, tuvo que asumir el costo de las simplificaciones.
Remate al Arco. Para mí, las únicas actuaciones realmente destacadas fueron las de Robert Pattinson, impecable como Antínoo, uno de los principales y más arrogantes pretendientes de Penélope, y la del bogotano John Leguízamo como Eumeo, el fiel sirviente de Odiseo. Este último, pese a tener un papel secundario, demuestra toda su categoría y consigue algo que no siempre resulta fácil: hacer grande a un personaje pequeño. 🎬
