El campesino que recuerdo



Hoy, cuando en Colombia se celebra el Día del Campesino, vuelvo la mirada hacia los agricultores de las veredas cercanas a Viotá (Cundinamarca): hombres que conocí de manera tangencial o que simplemente veía en el pueblo los días de mercado. Por ese entonces, no valoraba a los trabajadores del campo ni era consciente que, gracias a su labor diaria, silenciosa y sin mayores pretensiones, nos proveen la comida que ponemos en la mesa.
Comparto aquí una semblanza del campesino que guardo en la memoria. Intuyo que puede aplicarse para los de muchas otras regiones del país y, aunque han pasado más de cincuenta años, sospecho que buena parte de esos rasgos y costumbres descritos siguen vivos.


El campesino que recuerdo…

…es un hombre de contextura delgada, pero fuerte, con piel tostada por el sol, bigote y una incipiente barba que nunca le crece. Usa sombrero y lleva un escapulario en su cuello como salvoconducto al cielo. Le faltan algunas piezas dentales que no echa de menos. Fuma Piel Roja o Nacional sin filtro —cigarrillos populares en esos tiempos— y lo consume prácticamente todo sin llegar a quemarse. Toma cerveza al clima, aunque lo suyo es el guarapo; y, cuando se excede, parece que se va a caer de su caballo, pero eso nunca pasa.

…narra cuentos de espantos y jura haber visto una bruja que pasó volando bajito por su casa. Es calmado; sin embargo, no rehúye una pelea; por eso lleva un machete en su cinto, por si acaso. No se ha casado, aunque tiene mujer y cuando habla de ella, siempre le antepone a su nombre la palabra “señora”. Tiene más hijos de los que en realidad puede sostener y es machista convencido de que las mujeres nacieron para criar hijos y para hacer los oficios de la casa.

…se levanta muy temprano —antes de que cante el gallo— a ordeñar sus vacas, a las cuales las llama por sus nombres. Se acuesta igualmente temprano. Trabaja de sol a sol y no conoce el significado de la palabra pereza. Les habla y pelea con los perros que lo aman incondicionalmente —siempre hay uno que lo sigue a todos lados— y tiene muchos gatos para que cacen los ratones. También sabe llamar a las gallinas a las que, de vez en cuando, las convierte en sancocho sin remordimiento alguno.

…no tiene seguridad social ni le ha hecho falta. No lo tumba una gripa y cuando se enferma, sin dejar de hacer sus labores, se cura con remedios caseros o baja al pueblo para que en una droguería le vendan algún medicamento que nunca termina.

…huele a una mezcla de sudor con campo abierto. Nunca usa protector solar, ni repelente para los mosquitos, pues nunca lo pican. Siembra con la sabiduría del instinto y la experiencia: café, aguacate, maíz, plátano, yuca y gran variedad de frutas, y sabe, a ojo, cuánto pesa un bulto. Reconoce un aguacate maduro sin apretarlo. Tiene los dedos gruesos y su uña del pulgar es larga y fuerte, que le sirve para pelar fácilmente naranjas y mandarinas que baja del árbol con solo sacudir las ramas. Conoce atajos para llegar más rápido a cualquier parte y sabe, sin consultar pronósticos, cuándo va a llover.

…no sabe bailar, pero baila sin pena. No sufre de depresión, no se quema con el café hirviendo, saluda siempre de la misma forma con un “don” o “doña” y tiene la curiosa costumbre de despedirse tres veces antes de marcharse. Sus pantalones parecieran dos tallas más grandes, pero jamás se le caen. Maltrata el idioma, aunque se hace entender. Se sabe todas las groserías, tiene letra ilegible y no conoce la ortografía.

…come de todo —nada le hace daño— y toma aguapanela con limón fría de sobremesa. No le afecta el gluten ni la lactosa y la cafeína no lo desvela. Nada con destreza hasta en los ríos más caudalosos y lo curioso es que nadie le enseñó nadar. Escucha radio en A.M. — Radio Sutatenza en esa época— y no le importa que la señal entre con estática, como si la emisora estuviera mal sintonizada. Cree las noticias tal cual las escucha. Aunque no es fotogénico, alguna vez le hicieron un óleo —que tiene en la sala de su casa— donde luce joven, rígido y engominado en compañía de su mujer.

…sabe pescar y asegura haber comido animales “raros” como iguana, armadillo y hasta culebra. Duerme sobre un colchón duro sin quejarse y ronca cual locomotora. Juega tejo con puntería envidiable y lo hace sin soltar la botella de cerveza. Se sube a los árboles con agilidad y camina en la oscuridad de la noche, por la espesura de los matorrales, sin necesidad de linterna. No sabe cuándo es festivo; lo único que tiene presente son los días de mercado para ir al pueblo a vender sus productos. Cree que los políticos son mentirosos porque todos prometen y ninguno cumple. En eso —y en muchas otras cosas— es profundamente sabio.

Remate al Arco. Básicamente, estas líneas fueron posibles gracias a la semblanza de José Ferreira y al recuerdo que conservo de don Elauterio (Q.E.P.D.), un campesino que cuando yo era niño, ya estaba bastante entrado en años. Cuidaba una extensión de terreno rural que tenía mi familia en la vereda La Vega, en Viotá. Vivía ahí mismo, en una casita de bareque y tejas de zinc que arreglaba de la mejor manera posible. Su interior estaba poblado de cachivaches que despertaban mi curiosidad infantil porque solo los veía allí.

Todos le decíamos don Ela, aunque alguna vez, Alberto, un amigo despistado, lo saludó con un inolvidable:

— Buenos días, Don Adela.

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