Votar desde la convicción

 



Soy de los que piensa que, en primera vuelta, hay que votar por quien uno quiere —según su conciencia y convicciones— y no por quien supuestamente toca. Esta es la oportunidad de comenzar a corregir el error histórico que cometió Colombia hace cuatro años. No podemos equivocarnos de nuevo. Si no enderezamos el camino, temo que no habrá vuelta atrás.

No me interesa apostarle al caballo ganador. Lo verdaderamente crucial es votar con responsabilidad y elegir libremente a quien mejor nos represente. Es decir, respaldar al candidato en quien encontramos una manera de pensar afín a la nuestra; alguien con un programa de gobierno claro y estructurado, con planes de acción viables y convenientes para el país. Votar por un líder honesto y con experiencia, con los pies en la tierra, capaz tanto de tender puentes con quienes están en orillas diferentes como de gobernar para todos.

No mudo de piel. Sigo fiel a mis convicciones y, por ello, votaré por Sergio Fajardo, al igual que lo hice en dos ocasiones anteriores. Al contrastarlo en el tarjetón con los demás aspirantes, lo sigo percibiendo como la mejor opción. Ha demostrado coherencia entre el decir y el hacer; se ha mantenido firme en sus posiciones sin necesidad de venderle el alma al diablo para alcanzar sus objetivos.

Aunque evita la confrontación estéril con quienes discrepan de sus ideas, lo veo firme y claro en sus posturas. Proyecta carácter y sensatez a bajo costo. Admiro su manera de hacer política: no agravia a sus contendores, no necesita gritar para transmitir sus ideas y, en la plaza pública, renuncia al vibrato y a las poses caudillistas para captar el voto de quienes todavía compran ese tipo de espectáculos. Lo percibo como un hombre transparente, sin máscaras, guiado por principios sólidos. Sus propuestas y su estilo de hacer política representan el proyecto de centro con el que me identifico.

Fajardo ha manifestado que esta sería su última campaña presidencial. Así que, a juzgar por las encuestas, el país parece haberse negado la oportunidad de tenerlo en la jefatura de Estado. En mi opinión, habría desempeñado bien ese papel, avalado por su experiencia y por los resultados obtenidos durante su paso por la Alcaldía de Medellín y la Gobernación de Antioquia. Fueron gestiones ampliamente reconocidas por su énfasis en la educación, el urbanismo social y la transparencia administrativa. No está de más recordar que recibió importantes reconocimientos nacionales e internacionales por su desempeño en ambos cargos.

Infortunadamente, en una práctica que aún no logro entender del todo, muchas personas terminan votando por quienes encabezan las encuestas, sin mayores consideraciones, bajo la lógica del llamado "voto útil”. Por eso, difícilmente apoyan a un candidato que perciben sin posibilidades reales de ganar, así represente, objetivamente, una mejor alternativa.

Al colombiano promedio, por un lado, le gustan los candidatos liosos, los que insultan, los que exhiben conductas vulgares y dicen exactamente lo que la gente quiere escuchar, aunque se trate de promesas falsas. Y, claro, les priva que aparezcan vestidos con camuflado, listos para “combatir a los malos”.

Por otro lado, también les atraen quienes prometen repartir subsidios a diestra y siniestra, denigran del sector empresarial, agitan los ánimos, exacerban la confrontación social, dividen al país entre "ellos" y "nosotros" mediante discursos cargados de odio y resentimiento, y convierten en enemigos del pueblo a quienes no piensan como ellos. Por eso los punteros son los punteros.

Me perdonan la franqueza, pero tengo la impresión de que la mayoría de las personas votan más con las vísceras que con las neuronas. Lo hacen por quien aman de manera casi irracional, perdonándole cualquier cosa, o en contra de quien odian con igual intensidad. En demasiados casos, el voto parece ser menos el resultado de una reflexión serena que de una emoción desbordada.

Hoy, más que nunca, no podemos equivocarnos al votar. No podemos dejarle todo al ángel de la guarda. No necesitamos un mesías ni un superhéroe. Con que el próximo presidente sea una persona honesta y preparada, es suficiente para sentir cierta tranquilidad de que habrá alguien confiable para gobernar a Colombia. Lo difícil es que alguien así llegue a la Casa de Nariño.

Debemos dejar de lado los sesgos ideológicos; dejar de votar por el de Uribe o por el de Petro —resulta increíble que todavía sigamos en esas— y no permitir que nos seduzcan una buena oratoria o un carisma cuidadosamente fabricado. Debemos votar por quien ofrezca garantías de integridad, por una persona ponderada y capaz de recomponer un país fragmentado —con múltiples frentes en crisis— y que no exhiba indiferencia frente a los principios éticos. Y, por supuesto, procurando que el remedio no termine siendo peor que la enfermedad. Creo que ese es el verdadero reto para nosotros, los electores.

Remate al Arco. Como me pasa con los ultraprocesados, a los políticos de los extremos prefiero evitarlos. 
🗳️

 

 

 

 

 

 

 


Tal vez te interesen estas entradas

1 comentario

  1. Buenos días Jorgito. Antes que nada agradecerte por el tiempo que dedicas a escribir y compartir estás reflexiones, las cuales comparto casi que en su totalidad.
    Infortunadamente, votar que es el más importante ejercicio democrático y por eso hay que ir a votar - sea cual sea el candidato de su preferencia - es un ejercicio dominado por la emoción, en dónde se han vuelto profesionales los políticos y sus equipos para manipular sentimientos tan importantes como el miedo o la esperanza. Y hay queda muy poco espacio para la razón.

    ResponderBorrar