Desde que Iván Cepeda hizo pública su aspiración presidencial, tengo claro que no votaré por él. Hacerlo sería, entre otras cosas, avalar la continuidad del gobierno Petro. Votar por su heredero político es pisar el acelerador en una ruta que conduce al país hacia el abismo.
Si Petro no dejó a Colombia en una situación peor de la que hoy enfrenta es porque las instituciones resistieron y, sobre todo, porque es disperso, perezoso y pésimo ejecutor. Sus delirios de grandeza, que lo llevan a percibirse como una suerte de salvador global, lo llevaron a estar más atento a los problemas internacionales que a gobernar su propio país. Cepeda, sin embargo, es distinto; representa otro tipo de riesgo y el daño que podría ocasionarle a Colombia puede ser irreparable. Su ideología marxista-leninista, aplicada con método y disciplina, terminaría por erosionar la democracia desde adentro. Así, las primeras víctimas serían el Estado de derecho y la libertad de prensa. Revertir ese escenario —como decía Churchill— nos costaría sangre, sudor y lágrimas.
Claro que no votaré por Cepeda porque no me inspira confianza en lo más mínimo. Tampoco confío en su fórmula vicepresidencial, quien, dicho sea de paso, no parece estar preparada para asumir la jefatura del Estado ante una eventual falta absoluta del presidente. Además, su talante confrontacional ofrece más incertidumbres que certezas.
Si, por los avatares del destino, Aida Quilcué tuviera que asumir la Presidencia —existen rumores de que Cepeda, quien padeció cáncer de colon y luego presentó una lesión en el hígado, aún se encuentra enfermo—, el nivel de improvisación y desorden sería desastroso para Colombia. Considero que Cepeda se equivocó al escoger a la señora Quilcué. No lo complementa; es una afirmación identitaria; es como él, pero en versión aún más radicalizada. En el plano de las propuestas, su discurso no trasciende del habitual lugar común de que “hay que proteger a la madre tierra”, matizado por un evidente resentimiento contra la academia y los sectores con formación universitaria. Con razón rehuyó el debate con José Manuel Restrepo, fórmula vicepresidencial de Abelardo De la Espriella. Habría sido pelea de tigre —nunca mejor empleado el símil— con burro amarrado.
No votaré por Cepeda bajo ninguna circunstancia. Si gana, la inversión se estancará y las oportunidades de crecimiento económico disminuirán. Su programa de gobierno representa una amenaza para la seguridad jurídica y la propiedad privada; arrasaría con el actual modelo económico y la expropiación sería pan de cada día. Bajo esta óptica, se empobrecería aún más a los colombianos para hacerlos dependientes de un Estado asistencialista que reparte migajas. La trágica experiencia venezolana debería ser advertencia suficiente para cualquier elector.
Por otra parte, el candidato oficialista ha guardado silencio frente a los múltiples escándalos de corrupción del gobierno Petro y, al mismo tiempo, asegura que combatirá la corrupción. ¿Cómo creerle si ni siquiera se toma el trabajo de rechazar las maniobras mediante las cuales el actual gobierno intenta, con frecuencia, bordear o desconocer los límites legales?
Con sus ideas sobre la paz —no olvidemos que él fue el arquitecto de la llamada “Paz Total”—, la guerrilla, las disidencias y el crimen organizado, no solo seguirían a sus anchas sino que se fortalecerían aún más, militar y económicamente, gracias al mayor control territorial y a las rentas derivadas del narcotráfico. De persistir en este nefasto modelo de paz, no hay duda de que el país se desarticulará por completo y nos llenaremos de bandas criminales, convenientemente rotuladas como “gestores de paz”.
Su admiración por Fidel Castro y Hugo Chávez; su complacencia frente al régimen de Nicolás Maduro; su cercanía con el entorno de las antiguas Farc y, en particular, su amistad con Jesús Santrich, a quien defendió activamente para evitar su extradición a Estados Unidos, dicen mucho sobre quién es Iván Cepeda. Tampoco conviene olvidar que, durante las negociaciones de paz del gobierno Santos, estuvo a la sombra apoyando los intereses de las Farc.
Un amigo, informado de una fuente confiable, me contó que durante las mesas de negociación de La Habana, se advertía la figura siniestra de un hombre que, en un rincón del salón, miraba sigilosamente el desarrollo del debate. Era el candidato presidencial Cepeda, haciendo lo que mejor sabe hacer: urdir planes soterrados para favorecer a las Farc. En ese sentido, también es oportuno recordar que su nombre apareció mencionado en la información hallada en los computadores de Raúl Reyes, como colaborador estratégico de esa guerrilla.
En definitiva, no votaré por Cepeda porque es un convencido comunista que no cree en la democracia liberal, aunque prefiera presentarse bajo la etiqueta de “progresista”. Quiere llevar a Colombia hacia esa ideología política anacrónica y fracasada en todo el mundo. El suyo sería un gobierno de vocación plebiscitaria, inclinado a apelar a las emociones populares para legitimar decisiones cuestionables, debilitando los contrapesos institucionales y el control de legalidad.
Recientemente, el camarada Cepeda anunció que no convocará a una Asamblea Constituyente. No creo que se trate de una posición genuina; más bien parece una jugada orientada a captar votos de centro y a silenciar las advertencias de quienes consideran que una eventual reforma constitucional podría incluir la reelección presidencial. Con ello, le abriría la puerta de atrás a Petro para que, en cuatro años, regrese a la Casa de Nariño.
Si hoy se descarta una constituyente, no significa que la posibilidad esté extinta: está simplemente aplazada. Es un “arrocito en bajo” y dependerá de nosotros si lo dejamos crecer o quemar, en la medida en que votemos —o no— por la dupla Cepeda-Quilcué.
Remate al Arco. En casi la totalidad de las mesas de votación en las zonas de conflicto, Cepeda obtuvo porcentajes excepcionalmente altos en primera vuelta. Que no quepa la menor duda: es el llamado “voto fusil”. La pregunta es si esa ayudita de sus amigos le alcanzará para llegar a la Presidencia. 🗳️

Apreciado Jorge Luis:
ResponderBorrarHe leído tu reflexión sobre Iván Cepeda y, más allá de algunas diferencias que pudimos tener en algunos de tus Blogs, comparto la preocupación por el rumbo que puede tomar Colombia en los próximos años.
No pretendo afirmar que Abelardo de la Espriella sea una garantía absoluta para sanar nuestra nación. Ningún hombre, por sí solo, puede resolver los profundos problemas que enfrenta un país. Sin embargo, considero que representa una alternativa que reivindica principios que para muchos colombianos siguen siendo fundamentales: la defensa de la familia, el respeto por las libertades, la institucionalidad y el reconocimiento de que la crisis que vivimos no es solamente política o económica, sino también moral y espiritual.
Valoro que se presente junto a su familia, entendiendo que esta constituye el núcleo fundamental de la sociedad. Asimismo, me parece importante que reconozca que la batalla que enfrenta Colombia trasciende las ideologías y toca aspectos mucho más profundos relacionados con los valores, la verdad y el destino mismo de nuestra nación.
Como creyente, encuentro esperanza en la promesa de Dios consignada en Su Palabra: “Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra”. Más allá de cualquier proyecto político, la verdadera restauración de Colombia debe comenzar por una transformación espiritual y moral de sus ciudadanos.
También resulta pertinente recordar la advertencia bíblica: “Mi pueblo fue destruido porque le faltó conocimiento”. La historia nos enseña que las naciones pueden cometer errores cuyas consecuencias tardan generaciones en corregirse. Colombia tiene ante sus ojos ejemplos cercanos de países que, seducidos por promesas ideológicas, terminaron perdiendo prosperidad, libertades e instituciones.
Por ello, más que una discusión de simpatías políticas, considero que estamos frente a una decisión histórica que exige discernimiento, responsabilidad y memoria. El futuro de Colombia no puede construirse sobre la ignorancia de las lecciones que otros pueblos ya han sufrido.
Oro para que Dios conceda sabiduría a nuestra nación y levante líderes comprometidos con la verdad, la libertad y el bienestar de todos los colombianos.
Javier Salas
Apreciado Conrrado. Felicitaciones por tan objetiva y real descripción del artículo en lo que tiene que ver con el lunático y populachero del destrozo presidente Petro y su formula presidencial el comunista radical y agazapado de Cepeda.
ResponderBorrarSería un desastre para la democracia, el Estado de Derecho, las Instituciones, la familia y los valores cívicos, éticos, morales, legales y espirituales- cristiano-catolicos dejar en manos de nefacto personajes seguir gobernando el país. Nuestra amada Colombia no resiste otros 20 años mas de atraso.
Dejo mas Corrupción, violencia, mala administración y sobretodo goberno sin sensatez , tolerancia, responsabilidad y capacidad de mando. No mas ingobernabilidad y divisiones de clases . Yo tampoco votaré por Cepeda.
Te felicito...extraordinario articulo
Edgar Mojica:
ResponderBorrarEstimado Dr Conradito. Excelente articulo. Creo que los dos anteriores comentarios lo dicen todo y estoy de acuerdo con ellos y creo que sobra algún comentario sobre este nefasto Gobierno y el aspirante amigo de la guerrilla, narcos y vagos de la primera línea y bandas criminales.
Solo quiero llamar la atención a la gente que a pesar de no estar de acuerdo en algunas cosas con Abelardo de la Espriella, piense en el futuro del País, en el futuro de sus hijos, en el futuro de sus nietos y toda su familia. Este es un momento muy crítico para Colombia y no aguanta 4 años más y quien sabe cuanto con la idea de una Reforma Constitucional, que con mentiras dicen que no la van a hacer, pero todos sabemos que sí. llamo la atención a los que piensan votar en Blanco para que no lo hagan y voten por la democracia y salvar a este País de semejante debacle del País