A decir verdad, Abelardo de la Espriella ya me caía mal desde antes de que se lanzara a la política. Lo veía, de vez en cuando, en noticieros o en alguna entrevista y me parecía absolutamente arrogante: dueño de un ego descomunal con el que, quizá, intenta compensar lo que le falta de estatura. Ahora, que lo veo y lo escucho con frecuencia, no tengo dudas sobre su egolatría.
Siguiendo rigurosamente el manual del populista de derecha y respaldado por una billetera abultada, ha logrado catapultar su campaña. Según las encuestas recientes, será quien dispute con Iván Cepeda la presidencia el próximo 21 de junio, en segunda vuelta.
No cabe duda de que es un hombre inteligente, astuto y muy hábil en la oratoria. Siempre encuentra una respuesta rápida y sus argumentaciones frente a preguntas incómodas suelen sonar convincentes. Dice exactamente lo que mucha gente quiere oír y, por momentos, me recuerda a Rodolfo Hernández cuando denigra de la clase política. Sin embargo, según Álvaro Uribe, tocó a la puerta del Centro Democrático para buscar su ingreso, y le fue negado. Tampoco hay que olvidar que, aunque diga lo contrario, cuenta con apoyos políticos como los de la Casa Char, Rodrigo Lara o Sara Castellanos, quien moviliza los votos de su iglesia cristiana. Todos ellos actúan de manera soterrada para que no se le caiga la máscara de independiente.
También ha afirmado que nunca ha recibido dinero del Estado; no obstante, según Cuestión Pública, su firma ha tenido contratos con entidades públicas por más de $3.000 millones.
Su mesianismo es pasmoso. Se ha comparado a sí mismo con Cincinato y ha repetido que dejó una vida plácida en Florencia —y no precisamente en Caquetá— para venir a rescatar y reconstruir a Colombia. Me parece que, detrás de esa careta de salvador de la patria, se esconde un hombre peligrosamente ambicioso, calculador y marrullero, que privilegia sus intereses personales por encima de todo. Un abogado acostumbrado a salirse con la suya, así tenga que actuar con cierta opacidad.
Mejor dicho: creo que es la versión criolla de Saul Goodman, el tramposo abogado de Breaking Bad. Solo que aquí su cliente no fue Walter White —el cocinero de metanfetaminas—, sino otra clase de personajes oscuros, como Alex Saab, de quien dijo que era su amigo personal, o David Murcia, cerebro de DMG, quien afirmó en una entrevista que el abogado se había quedado con $5.000 millones suyos.
Así mismo, ha defendido a varios congresistas condenados por parapolítica y, a través de su fundación FIPAZ, logró que miembros de las AUC fueran vistos como actores políticos y pudieran pasearse por el Congreso como si nada. Según él, “fue un trabajo por la paz”; así se lo dijo a Félix de Bedout en La W.
No digo que, como abogado penalista, no pueda defender a quien esté dispuesto a pagar por sus servicios; pero no me dejaría tranquilo que una persona que, por dinero, ha aceptado representar a condenados por delitos graves termine dirigiendo los destinos del país. ¿Dónde quedaron los principios que pregona? Resultaría, además, paradójico que haya defendido al mismo tipo de gente que hoy dice que va a perseguir.
Algún abelardista me dirá que también ha asumido casos ad honorem, como los de Rosa Elvira Cely o Natalia Ponce de León, y tendría razón; pero, en esos casos, la recompensa no es económica sino mediática. Una estrategia eficaz para elevar su imagen pública.
Abelardo no acepta la crítica. Su personalidad presuntuosa no se lo permite. Por eso insulta en vivo a quien se atreve a cuestionarlo o le clava una demanda por calumnia e injuria. Aunque en la mayoría de los casos los jueces no le han dado la razón, sí consigue algo: desgastar a sus contradictores empapelándolos judicialmente. Una hermosa táctica para desalentar cualquier investigación sobre sus asuntos turbios.
El matoneo a María Lucía Fernández, del canal Caracol, a propósito de un comentario sobre una declaración suya de hace algunos años —en la que antepone el ejercicio del derecho a la ética— fue revelador del hombre que realmente es; un anticipo, además, de lo que podría hacer con los medios que lo critiquen en una eventual presidencia suya. Si así actúa como candidato, ¿cómo sería desde la Casa de Nariño? Muy seguramente ejercería una fuerte presión sobre los periodistas que lo cuestionaran, tal como lo ha hecho una de sus mayores fuentes de inspiración: Nayib Bukele.
Como candidato, divide, siembra odio y miedo, y convierte en enemigos a quienes no piensan como él. Y, refiriéndose a la izquierda, sentenció que “hay que destriparla”. Aunque después intentó matizar la frase apelando a una acepción poco usada del verbo, lo cierto es que su postura de ultraderecha parece incompatible con una concepción genuina de la democracia.
Yo le paso a Abelardo que en su juventud haya torturado gatos con pólvora; que sea histriónico; que desprecie el ajiaco; que no use medias en Bogotá; que tenga comentarios homofóbicos y racistas. Pero lo que no le dispenso es que le haya pedido, en vivo, a una joven periodista que opinara sobre cómo se veía su pene en una foto. Me pareció de quinta: una salida tan ordinaria como irrespetuosa, no solo con la comunicadora sino con las mujeres en general. ¿Vamos a pasar de un presidente que dice ser inolvidable en la cama a otro que se precia de tenerlo grande?
Remate al Arco. Cuenta el periodista Daniel Coronell que hace algunos años se sentó a manteles con Abelardo en Miami. Después de que el abogado eligió lo que almorzaría, el mesero le advirtió, cortésmente, que era demasiada comida. Ante el comentario, respondió: “¿Y a usted qué le importa si el que va a pagar soy yo?”. Sin comentarios. 🎭

Es un asco, no me imagino que puede pasar en Colombia con un tipejo como ese de presidente. Pobre país
ResponderBorrarSi este pequeño Bukele llegará al palacio de Nariño, que se tengan de atrás los medios, las minorías, los presos, y muchos de nosotros de los Colombianos por sus pensamientos extremistas.
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