A quince días de la primera vuelta de las elecciones presidenciales, todo indica que no tendremos un debate televisado entre los candidatos que encabezan las encuestas. Hemos visto algunos encuentros convocados por gremios o canales regionales, pero sin la participación del puntero: Iván Cepeda.
En las elecciones de 1986, Álvaro Gómez Hurtado y Luis Carlos Galán se enfrentaron en un debate memorable. Virgilio Barco, candidato oficial del liberalismo, no participó. Aunque fue un intercambio de ideas opuestas, el respeto y las buenas maneras nunca se perdieron. Fue, además, un debate entre dos grandes hombres que, lamentablemente, terminarían asesinados años después.
En 1994, el pulso entre Ernesto Samper y Andrés Pastrana —quienes lideraban las encuestas— tuvo una tercería sorpresiva. Antonio Navarro, que no había sido invitado por registrar una menor intención de voto, consideró que su exclusión era antidemocrática. Así que, en pleno debate transmitido en vivo, apareció súbitamente ante las cámaras.
Horas antes había entrado disfrazado a los estudios de Inravisión, con ayuda de trabajadores de ACOTV, y se escondió en un baño hasta el inicio del programa. Cuando irrumpió en el set, el asombro de los candidatos fue evidente; aunque no tanto como la molestia de Yamid Amat, quien fungía como moderador.
Más recientemente, en la campaña de 2010, se enfrentaron Juan Manuel Santos y Antanas Mockus. El primero representaba la continuidad del uribismo; el segundo, una alternativa ciudadana desde el Partido Verde. Santos, siguiendo a rajatabla el libreto de su polémico estratega J. J. Rendón, descalificó a su oponente y explotó políticamente su franqueza. Mockus no respondía lo que la gente quería oír, sino lo que realmente pensaba. Cada respuesta suya era impopular y políticamente incorrecta, pero también auténtica y sincera.
Ante la pregunta de si en su gobierno subiría los impuestos, Mockus respondió, sin titubear, que sí. Santos, por el contrario, aseguró que no lo haría. Dos meses después de posesionado, su ministro de Hacienda, Juan Carlos Echeverry, ya tramitaba una reforma tributaria.
Recuerdo también que, en un momento del debate, Santos le preguntó astutamente a Mockus si creía en Dios. El profesor, luego de unos segundos, respondió que no. En este país, negar a Dios en público equivale casi a sepultar cualquier aspiración presidencial. Qué mal político resultó Antanas Mockus: antepuso su honestidad a su aspiración.
En lugar de mentir o refugiarse en una respuesta ambigua, dijo exactamente lo que pensaba. Un poquito distinto a Abelardo de la Espriella, que antes de campaña se ufanaba de ser ateo y una vez entró en la carrera presidencial —y en un evidente cálculo político— descubrió repentinamente la fe. He visto un video suyo en la Basílica del Señor de los Milagros de Buga: entre lágrimas cuidadosamente grabadas en video y procurando no perder el ángulo de la cámara, protagoniza una conversión exprés. Conmovedor.
Mockus le dio al país una lección sobre la transparencia con la que debería ejercerse la política. No se puso ninguna careta para seducir al electorado. En cambio, a Abelardo se le notan demasiado las costuras de su disfraz.
Volviendo a la actual contienda electoral, es claro —y hasta entendible— que quien lidera las encuesta se niegue a participar en un debate para no correr el riesgo de perder su primer lugar por cuenta de un error. Y para ser justos, Cepeda no es el único que ha optado por esta táctica. Así lo hicieron, en su momento, Virgilio Barco, Ávaro Uribe, Iván Duque y, si se quiere, Rodolfo Hernández.
No obstante, considero que un debate televisado en directo es sano para la democracia. Evita que la intervención de los candidatos en la conversación pública se reduzca a monólogos cuidadosamente calculados y retóricas unilaterales.
Los colombianos merecemos un debate con los cinco primeros de las encuestas o, al menos, con los tres que tienen opciones reales: Cepeda, Abelardo y Paloma. Eso sí, un debate con altura, no un espectáculo mediático. Los candidatos que huyen del debate público, aunque electoralmente les resulte rentable, envían una pésima señal. De alguna manera, terminan erosionando la democracia y subestimando al elector.
Remate al Arco. Tal vez por la presión de los medios, Iván Cepeda manifestó —aunque luego reculó— que asistiría al debate, pero únicamente si se aceptaban sus condiciones, que no son otra cosa que reglas de juego a su favor.
Primero, exigió que los temas sean aprobados por su campaña. No quiere preguntas imprevistas. Como segunda medida, que el debate sea solo con Abelardo y Paloma. Y como serían “dos contra uno”, planteó que se le otorgara más tiempo que a los demás. Y para rematar, pidió que no se vaya a hablar mal de Petro.
Como decía Cleofe, el inolvidable personaje de Carlos “El Mocho” Sánchez: Bonito así. 🎭
Recuerdo también que, en un momento del debate, Santos le preguntó astutamente a Mockus si creía en Dios. El profesor, luego de unos segundos, respondió que no. En este país, negar a Dios en público equivale casi a sepultar cualquier aspiración presidencial. Qué mal político resultó Antanas Mockus: antepuso su honestidad a su aspiración.
En lugar de mentir o refugiarse en una respuesta ambigua, dijo exactamente lo que pensaba. Un poquito distinto a Abelardo de la Espriella, que antes de campaña se ufanaba de ser ateo y una vez entró en la carrera presidencial —y en un evidente cálculo político— descubrió repentinamente la fe. He visto un video suyo en la Basílica del Señor de los Milagros de Buga: entre lágrimas cuidadosamente grabadas en video y procurando no perder el ángulo de la cámara, protagoniza una conversión exprés. Conmovedor.
Mockus le dio al país una lección sobre la transparencia con la que debería ejercerse la política. No se puso ninguna careta para seducir al electorado. En cambio, a Abelardo se le notan demasiado las costuras de su disfraz.
Volviendo a la actual contienda electoral, es claro —y hasta entendible— que quien lidera las encuesta se niegue a participar en un debate para no correr el riesgo de perder su primer lugar por cuenta de un error. Y para ser justos, Cepeda no es el único que ha optado por esta táctica. Así lo hicieron, en su momento, Virgilio Barco, Ávaro Uribe, Iván Duque y, si se quiere, Rodolfo Hernández.
No obstante, considero que un debate televisado en directo es sano para la democracia. Evita que la intervención de los candidatos en la conversación pública se reduzca a monólogos cuidadosamente calculados y retóricas unilaterales.
Los colombianos merecemos un debate con los cinco primeros de las encuestas o, al menos, con los tres que tienen opciones reales: Cepeda, Abelardo y Paloma. Eso sí, un debate con altura, no un espectáculo mediático. Los candidatos que huyen del debate público, aunque electoralmente les resulte rentable, envían una pésima señal. De alguna manera, terminan erosionando la democracia y subestimando al elector.
Remate al Arco. Tal vez por la presión de los medios, Iván Cepeda manifestó —aunque luego reculó— que asistiría al debate, pero únicamente si se aceptaban sus condiciones, que no son otra cosa que reglas de juego a su favor.
Primero, exigió que los temas sean aprobados por su campaña. No quiere preguntas imprevistas. Como segunda medida, que el debate sea solo con Abelardo y Paloma. Y como serían “dos contra uno”, planteó que se le otorgara más tiempo que a los demás. Y para rematar, pidió que no se vaya a hablar mal de Petro.
Como decía Cleofe, el inolvidable personaje de Carlos “El Mocho” Sánchez: Bonito así. 🎭

Si Iván Cepeda aceptara un debate abierto con Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia, sin condiciones diseñadas a su medida, el resultado político podría ser adverso para él. Su fortaleza está en el discurso ideológico, pero su vulnerabilidad estaría en responder por los efectos reales del proyecto político que representa: inseguridad, Paz Total fallida, crisis de autoridad y avance de estructuras criminales.
ResponderBorrarEn ese escenario, Abelardo podría capitalizar el voto de indignación ciudadana, con un mensaje frontal sobre orden, justicia y seguridad. Paloma, por su parte, tendría mayor capacidad argumentativa para desmontar técnicamente las contradicciones del gobierno y contrastarlas con una visión institucional.
Cepeda, en cambio, estaría obligado a defender una narrativa cada vez más difícil de sostener: que la Paz Total ha sido un camino hacia la reconciliación, cuando muchos colombianos la perciben como permisividad frente al crimen.
El mayor impacto no estaría solo en quién “gana” el debate, sino en quién logra instalar la pregunta central: ¿puede alguien que defiende o justifica la Paz Total ofrecer seguridad real a Colombia?
En conclusión, la negativa de Cepeda a debatir sin condiciones podría leerse como cálculo político: evitar una confrontación donde sus respuestas terminen costándole aceptación y debilitando sus aspiraciones presidenciales.
JS