Hay dos condimentos esenciales para degustar el plato exquisito que es un mundial de fútbol: llenar el álbum de Panini y jugar una Polla. Me parece que sin esos rituales, la Copa del Mundo se siente un poco desabrida.
Conservo todos los álbumes desde Alemania 1974 hasta Catar 2022 completamente llenos, como corresponde. A partir del mundial de España 82, llegaron los de Panini que introdujeron las laminitas autoadhesivas. Antes de eso —para Alemania 74 y Argentina 78—, había que utilizar el pegante Ega —el antepasado del Colbón— o acudir al engrudo casero que preparaba la abuela. El verdadero VAR de la época consistía en revisar que el pegante, en el momento de adherir la laminita, no se hubiese desbordado por el exceso de este; de lo contrario, el álbum terminaba convertido en un acordeón pegajoso.
Para México 86, mi pasión mundialista me llevó a llenar dos álbumes: el de Panini y otro de una editorial colombiana llamada Intercromo. Sospecho haber sido de los pocos que compraron ese álbum local. Porque es claro que desde que Panini aterrizó en el país, se quedó con el mercado sin necesidad de tiempo suplementario.
Según Financial Times, este año Panini facturaría la bicoca de 3.000 millones de dólares por la venta de sus productos en los 150 países donde se distribuyen. Cada cuatro años, literalmente, la empresa italiana la saca del estadio. Sin embargo, el próximo Mundial será el último álbum mundialista de Panini, ya que la FIFA ha decidido cambiar de licenciatario. A partir de 2034, los derechos pasarán a Topps, una empresa perteneciente al gigante estadounidense Fanatics. Me resultará extraño llenar un álbum sin el sello de Panini, con quien mantengo una relación de cuarenta años.
Este año, por supuesto, volveré a saltar a la cancha para llenar el álbum. Me sigue fascinando el ejercicio: comprar los sobres, abrirlos con la curiosidad de un niño, pegar los stickers e intercambiar los repetidos. Y procuro hacerlo sin afán, disfrutando cada etapa del proceso, como quien saborea lentamente su plato favorito para evitar que se termine demasiado pronto. Eso sí, la meta siempre ha sido completarlo antes del pitazo inicial del mundial. Además, intento optimizar la inversión recurriendo a esa bella práctica social llamada intercambio, donde he aprendido —a punta de negociaciones duras— que los escudos y emblemas no se pueden cambiar uno a uno. Son de categoría “premium”, que valen dos o tres jugadores, así no esté escrito en ningún reglamento.
Creo, sinceramente, que la felicidad que produce pegar el último sticker debería ser objeto de estudio para los analistas del comportamiento humano, porque representa la materialización perfecta de un objetivo cumplido. Desde la psicología del consumidor, completar un álbum debe ser un caso de estudio fascinante. Pocas sensaciones resultan tan gratificantes como cerrar el cuadernillo y tener la tranquilidad de que no quedó ni un solo espacio vacío. Es una mezcla extraña de satisfacción, alivio y orgullo que sobrevive intacta al paso de los años, como si cada mundial dejara su propia medalla invisible.
Tal como hice en los dos últimos mundiales —Rusia 2018 y Catar 2022—, llenaré el álbum Panini en su versión de tapa dura, la cual compré hace unos días. Aunque a veces no resulte fácil conseguirla, siempre será mejor tenerla dura. Y creo que, en eso, todos estamos de acuerdo.😉
Remate al Arco: Siempre me ha llamado la atención la cantidad de nombres que han recibido, a lo largo del tiempo, los hoy llamados stickers: caramelos, figuritas, monas, cromos, láminas, pegatinas… Llámense como se llamen, son más que una calcomanía con la foto de un jugador, un estadio o un escudo. Son nostalgia revestida de pasión pura. Pequeñas cápsulas de memoria futbolera que uno pega en el álbum, pero se le quedan pegadas en la vida para siempre. Y eso, no lo compra ni el dinero de Panini.
