En Defensa de TransMilenio

 



En diciembre pasado, TransMilenio (TM) cumplió un cuarto de siglo. De un tiempo para acá, me he convertido en usuario habitual de este sistema de transporte público.

Hace unos días cambié mi tarjeta de TM por una personalizada. Tiene mi nombre bajo una leyenda en la que se lee “Adulto Mayor”. Me siento absolutamente feliz de tenerla. La exhibo con orgullo en mi billetera Mont Blanc, como quien porta una credencial diplomática.

Desde entonces, me siento con el derecho legítimo para ocupar las sillas azules, esas reservadas para personas mayores, con discapacidad o mujeres embarazadas. Aunque, admito que en otros tiempos las usé sin calificar para ello. Asumía que estaban destinadas a los hinchas de Millonarios.

A propósito de las sillas azules, debo decir que no se respeta su uso. He visto mujeres jóvenes sentadas sin tener discapacidad física aparente o señales visibles de que se encuentran en estado de gestación. O claramente se saltan la norma o tienen poco tiempo de embarazo. Quizás tres horas.

Con todo y sus problemas —inseguridad, vendedores ambulantes en el espacio público, frecuencias irregulares en ciertas rutas, y un persistente ejército de colados que profundiza el déficit financiero—, sigo pensando que TransMilenio es, hoy por hoy, la mejor alternativa para desplazarse en una ciudad que ha hecho del trancón una forma de vida. Para nadie es noticia que Bogotá tiene un tráfico caótico, que cada vez empeora por cuenta de unos 60 mil vehículos que le entran anualmente para que circulen por las mismas vías de siempre. De no ser por TM, estaríamos moviéndonos todavía en aquella flota de buses urbanos destartalados —que paraban en cada cuadra—, padeciendo la guerra del centavo y viajando colgados en la puerta cual racimo humano.

Me da la impresión de que al viajar en TM se conoce de cerca nuestra idiosincrasia y sus pasajeros son una muestra compacta de lo que somos como sociedad. Se encuentran personas de todas partes del país, con acentos, oficios y contrastes sociales diversos. Eso sí, todas con un común denominador: la devoción hipnótica por la pantalla del celular.

Capítulo aparte merecen los vendedores ambulantes, auténticos maestros de la diversificación comercial. En un solo trayecto me han ofrecido snacks, bebidas, chicles, paletas, útiles escolares, almanaques, accesorios para el celular, agujas, bolígrafos de tinta borrable, moños para el pelo, estampitas de santos y bolsas para la basura. Si uno se descuida, baja del vagón con mercado completo, oficina portátil y un altar para la sala. No faltan tampoco los pasajeros que transportan lo improbable: colchones, bicicletas, carritos de mercado, materiales de construcción.

En el apartado musical, la oferta es generosa. Suben cantantes de baladas, reguetoneros con pista prestada, raperos de rimas imperfectas, conjuntos vallenatos, agrupaciones de música llanera y bandas de rock. En una ocasión, un conjunto vallenato me pareció tan bueno que estuve a punto de llevármelo para la casa y destapar una de Buchanan’s.

También está la cara dolorosa. Quienes piden limosna han encontrado en TM un espacio propicio para apelar a la solidaridad. Los relatos son variados y, en ocasiones, elaborados con notable oficio narrativo. Desde el venezolano que es ingeniero graduado de una universidad de Maracaibo, que no tiene como alimentar a sus hijos, hasta el hombre conectado a una bala de oxígeno que requiere ayuda económica para una cirugía; pasando por quien no ha probado bocado en todo el día o quien busca reunir lo suficiente para pagar la noche en una piecita modesta. Historias que, ciertas o no, lo dejan a uno pensando.

El momento crítico, por supuesto, son las horas pico. No en vano muchos lo llaman TransMilleno. Sin embargo, he desarrollado una cierta tolerancia a viajar apretujado. Uno termina por adaptarse a esa proximidad involuntaria que redefine el concepto de espacio personal. Eso sí, al igual que hace mi amigo Luis Eduardo Garcés, después de viajar en el metro de Londres —ciudad donde reside—, cuando llego a casa me hago doble prueba de embarazo, por si acaso.

En resumidas cuentas, me declaro defensor de TM, aun reconociendo sus fallas estructurales y sus múltiples complejidades. Creo que el asunto, a la final, es de adaptabilidad. Lo uso frecuentemente porque tengo clara su mayor virtud: permite ahorrar tiempo frente al carro. Y el tiempo, como todos sabemos, es el recurso más valioso que tenemos.

Remate al Arco: Pese a que, en términos generales, estoy familiarizado con la mayoría de las rutas de TM, hay dos que desconozco, no sé su recorrido y siempre van vacías: “Retomando servicio” y “Tránsito a patio”.

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1 comentario

  1. Hola Jorge! Transmilenio nos cambio la manera de disfrutar la ciudad, en año 2000, recuerdo una ciudad renovada y estéticamente cambiada para bien, desafortunadamente el plan original de crear nuevas troncales cada 2 años y tener a una ciudad conectada en todas sus arterias principales, no se pudo llevar a cabo por los gobiernos empobrecedores qué siguieron al de Peñaloza desde el 2003 en adelante, comenzando por el de Lucho Garzón, hoy, Bogotá estaría con mucho mejor sistema de transporte, es lo que hay.
    Y coincido en que subirse a un Transmilenio, es una experiencia de vida Colombiana y su diversidad de idiosincrasia. Un abrazo 🙏

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