Dicen que para favorecer al equipo de Messi, en Catar 2022 le pitaron cinco penaltis —algunos bastante discutidos—, convirtiendo a la albiceleste en la selección con más penas máximas a favor en un Mundial y permitiendo que él, que cobró los cinco y anotó cuatro, empezara a escalar posiciones entre los máximos goleadores en la historia del certamen. Suena creíble, la verdad.
Dicen, también, que Messi es el consentido de Gianni Infantino, presidente de la FIFA, y por eso en 2023 se le otorgó el premio The Best, sin merecerlo, cuando para muchos el galardón debió quedar en manos de Erling Haaland, que venía de ganar el triplete con el Manchester City y de firmar una temporada extraordinaria: 52 goles en 53 partidos. Es probable.
Dicen, además, que le regalaron, dos Balones de Oro, el del 2010, que debió ser para Xavi o Iniesta —que ese año hicieron magia con España—, y el del 2022, que quizá, merecía Robert Lewandowsky. Es posible que haya sido así, aunque vale la pena recordar que es una decisión autónoma de la revista France Football y no tiene nada que ver con la FIFA. De todas formas, en su momento circularon rumores de supuestas presiones desde el PSG.
Y, para rematar el coctel de polémicas, en el reciente partido contra Argelia en esta Copa Mundo, el árbitro le perdonó la expulsión por una falta grave contra Mandi, a quien le propinó un dura entrada por detrás, impactando sus taches en la pantorrilla del defensa argelino. No hay duda de que el tratamiento fue preferencial por ser quien es.
Sin embargo, aunque todo lo anterior sea cierto, nada de eso es óbice para reconocer la verdadera dimensión futbolística de Lionel Messi. Es uno de los mejores jugadores de la historia y a sus 39 años, se las arregla para seguir deslumbrándonos con fogonazos de genialidad. Sigue siendo ese crack que empezamos a admirar en el Barça, claro que sin el físico ni la velocidad de aquellos tiempos.
Debo declarar que nos soy su fan; es más, me cae más mal que bien. Le he visto actitudes cortantes con los hinchas que le piden una foto y le he escuchado declaraciones destempladas cuando las cosas no le salen como espera. Imposible olvidar cuando se fue lanza en ristre contra la Conmebol tras caer ante Brasil en la Copa América de 2019, como si la derrota hubiese sido culpa del arbitraje.
No obstante, eso no nubla mi juicio. No tengo reparo en reconocer su exitosa carrera, sus múltiples logros y su inmenso talento para jugar al fútbol. Lo ha ganado todo, tanto en el plano personal como en el colectivo. Es un jugador como pocos. Algunos periodistas y analistas del futbol —en especial argentinos— lo consideran el mejor de la historia. Puede ser, no me aparto que los números lo avalan. A sus conquistas con los clubes se suman un Mundial Sub-20, una medalla de oro olímpica, una Copa América y un título mundial con Argentina. Y ahora, es el máximo goleador de la historia de los mundiales con 19 anotaciones. Aun así, para mí sigue estando un escalón por debajo de Pelé y Maradona. Pero, al final, estas comparaciones también tienen mucho de gusto personal.
He tenido la fortuna de verlo jugar con la Selección Argentina en el Metropolitano de Barranquilla. Impresiona su habilidad para desmarcarse, para acompañar los ataques y para estar siempre en la mejor posición para anotar, en espacios donde parece que no los hay. Tiene la virtud de iniciar una acción ofensiva en el medio del campo y, segundos después, ser quien la culmina. Además, hace jugar mejor a todos sus compañeros. Messi es el alma y el motor de la selección albiceleste. Surge, entonces, una pregunta: ¿es Argentina demasiado "Messi dependiente"?
Pero, por encima de todo, lo que más admiro del número diez argentino, es que mantuvo un nivel muy alto —podríamos decir de excelencia—, por cerca de veinte años. Nunca he visto algo parecido en ningún otro futbolista. Jamás baja los brazos. Aunque el marcador sea adverso y el reloj marque los últimos minutos, sigue luchando como si el partido apenas comenzara. Y cuando su equipo golea con comodidad, continúa buscando un gol más, como si cada encuentro fuera una final. No sé si esto es una característica personal o algo que está en el ADN del futbolista argentino.
Este será, muy seguramente, su último mundial. No sé si todavía le alcance para disputar otra Copa América ni cuántos años más permanecerá en la MLS. Sean los que sean, quienes amamos el fútbol debemos disfrutar cada minuto que aún nos regale, incluso si no es santo de nuestra devoción. No sabemos cuánto tiempo tendrá que pasar para que aparezca otro jugador capaz de marcar más de 900 goles sin ser un delantero neto; un jugador con un dribbling endemoniado —amague, gambeta corta, freno y enganche—; un talento excepcional para crear juego, con una visión privilegiada para asistir a sus compañeros y una calidad sobresaliente en el cobro de tiros libres.
Remate al Arco. En nuestro grupo de la Polla Mundialista 2026, se suscitó un debate en torno a Messi. Pienso que de parte y parte hubo argumentos válidos, tanto a favor como en contra, y creo que todos, desde su óptica, tienen algo de razón. Sea como fuere, la polémica me hizo recordar un refrán que solía citar mi abuela: “Al árbol que más frutos da, es al que más piedras le tiran”. Y pocos árboles han dado tantos frutos en el fútbol como Lionel Messi. ⚽
