Una Vida en Tenis

 



No está del todo claro —o al menos no lo suficientemente documentado— quién inventó los zapatos tenis. Hay registros que señalan que los primeros modelos surgieron hacia 1830, creados por The Liverpool Rubber Company, fundada por John Boyd Dunlop.


Dunlop, un innovador incansable, descubrió cómo unir la lona superior a las suelas de goma, un detalle técnico que hoy damos por sentado, pero que en su momento fue revolucionario.

Otros documentos sitúan el nacimiento de este calzado en 1839, cuando el estadounidense Charles Goodyear patentó el caucho vulcanizado: flexible, impermeable, moldeable y resistente al uso. Décadas más tarde, este material sería la base de las suelas deportivas.

Sea quien fuere su verdadero inventor, los tenis han sido una creación solo equiparable con otro milagro del siglo XIX: el pantalón confeccionado por Levi Strauss que todos conocemos como bluyín. Ambos democratizaron la vestimenta y lograron lo impensable: hacer cómodo lo cotidiano y cotidiano lo cómodo.

Mención especial merece el aporte de los hermanos alemanes Adi y Rudi Dassler. En los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, el corredor estadounidense Jesse Owen ganó cuatro medallas de oro utilizando zapatos de carreras diseñados por los Dassler. Los hermanos que iniciaron haciendo empresa juntos, terminarían separándose para fundar dos de las marcas deportivas más grandes del planeta: Adi creó Adidas —acrónimo derivado de su nombre y apellido— y Rudi fundó Puma.

Aunque fueron concebidos y comercializados principalmente para actividades deportivas, los tenis ganaron terreno rápidamente. En Estados Unidos, durante los años 50, eran sinónimo de rebeldía y símbolo de inconformismo juvenil. La idea cobró fuerza cuando figuras del cine como James Dean o Marlon Brando —rebeldes oficiales de la época— comenzaron a usarlos dentro y fuera de cámara. Es probable que la mística rebelde ayudara, pero el verdadero éxito de los tenis reside en una verdad simple: es fácil moverse con ellos. Tienen personalidad propia y, gracias a la infinita variedad de modelos, estilos y colores, siempre hay unos para cada gusto.

Toda mi vida ha sido de tenis. Recuerdo, en la niñez, unos en forma de bota, azul oscuro con un círculo blanco en cada costado, en donde se leía “Croydon”. Sin duda fueron compañeros inseparables de juegos y raspones.

En la adolescencia llegaron los North Star y Prokeds, con uso restringido a los fines de semana. En el colegio, los tenis estaban prácticamente proscritos. A pesar de que el Agustiniano no tenía uniforme, no se podía asistir en tenis, ni siquiera si había clase de educación física (debían llevarse aparte, como si fuera un objeto pecaminoso). Cuando entré a la universidad fue diferente. Hice la carrera en tenis. No me refiero a zapatillas para hacer deporte, si no a esos tenis de cuero tanto confortables como vestidores. Creo que sólo fui a la universidad con zapatos “de material” —como decía mi abuela— el día del grado.

Que las principales marcas de moda del mundo hayan incorporado tenis en sus colecciones no solo demuestra la evolución de este calzado, sino el espacio ganado en la alta costura. Estas marcas han sabido capitalizar el deseo contemporáneo por la comodidad bien presentada y ya no sorprende ver personas de traje impecable con tenis.

Siempre he dicho —sin pretender ser original— que los tenis son los zapatos perfectos: cómodos, versátiles y atemporales.

En mi caso, la prueba es simple. Llevo más de cuarenta años usando el mismo modelo: los clásicos Stan Smith. Son, sin duda, mis favoritos. Cuando el uso termina por desgastarlos, simplemente los reemplazo, fiel a esa elección. No sé cuántos pares he comprado a lo largo del tiempo, tal vez cuatro o cinco, los suficientes para confirmar que hay decisiones pequeñas que, con los años, se convierten en costumbre.

Hoy en día tengo una buena variedad de tenis: desde modelos icónicos de Adidas con nombres de tenistas legendarios como Rod Laver, Ilie Năstase o los ya mencionados Stan Smith, hasta piezas de Ferragamo, Versace, Armani, CK o Alexander McQueen, pasando por Nike, Sketcher, Under Armour, Hoka y La Martina.

El mundo entero parece andar en tenis. Claro, hay ocasiones que exigen otro tipo de calzado. Por ejemplo, si se visita a los reyes de un país europeo, por simple protocolo y en obediencia a las reglas de la diplomacia, no conviene aparecerse en tenis así sean firmados por diseñador. Eso exactamente fue lo que hizo alguna vez la exministra de Minas y Energía —hoy encargada de la cartera de Ambiente y Desarrollo Sostenible— Irene Vélez, en su visita a los reyes de España en 2023. Se le vio que estaba inapropiadamente vestida para la ocasión y, en mi opinión, parecía una profesora de educación física que se había equivocado de salón.

Remate al Arco: ¿Será que la verdadera reina del tenis nacional no es María Camila Osorio sino Irene Vélez?


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