Lo primero que quiero dejar en claro es que creo en Dios. Crecí con una formación religiosa en casa, terminé el bachillerato en un colegio de curas y hace unos años, viví el Camino de Emaus, una experiencia espiritual cristiana muy poderosa. Mi fe se mantiene firme; no concibo la existencia sin la presencia de Dios. Respeto las sagradas escrituras y soy consciente de que Él está en mi vida cotidiana.
Sin embargo, hay un matiz: con el paso de los años me he sentido cada vez más cercano a Dios que a la Iglesia Católica como institución. Desde mi perspectiva, mi relación con el Señor es, ante todo, directa.
En un proceso lento, de observación y desencanto me he vuelto escéptico frente a muchos de sus representantes y crítico sobre el accionar de una institución que, a lo largo de la historia, ha cometido injusticias graves en nombre de Dios. Basta recordar la Sagrada Inquisición para entender hasta dónde puede llegar la fe cuando se mezcla con el poder. Y, en tiempos más recientes, el encubrimiento sistemático de las aberraciones cometidas por algunos de sus ministros. Pecados sostenidos no por el desconocimiento, sino por el silencio. Y el silencio, como sabemos, también es una forma de complicidad.
Dicho esto, formulo las siguientes preguntas —incómodas pero honestas— desde una postura racional: sin comprometer mis creencias, pero tampoco renunciando a la lógica.
-Si Jesús nació en Belén, ¿por qué se le conoce como “El Nazareno” como si hubiese nacido en Nazaret?
-¿Por qué, si Jesús vivió en la pobreza y se rodeó de los pobres, a quienes prometió el Reino de los Cielos; no resulta un contrasentido que la Iglesia Católica sea una de las instituciones más ricas y poderosas del mundo?
-¿Por qué se quería apedrear a la mujer acusada de adúltera —salvada por Jesús— pero no aparece el hombre involucrado en el mismo pecado? ¿El rigor de la ley de la época era solo para mujeres, como muestra temprana del machismo estructural que la Iglesia aún no ha logrado erradicar?
-Jesús sabía que Judas lo traicionaría y, aun así, permitió que los acontecimientos siguieran su curso porque todo estaba escrito y eran los designios de su Padre. Siendo así, ¿Judas estaba cumpliendo el triste papel de traidor para que se cumplieran esos designios? ¿Es Judas un villano o una víctima del plan divino?
-Si a Jesús lo ejecutaron los romanos —la crucifixión era castigo romano, no judío—, ¿por qué han sido los judíos quienes han cargado históricamente con la culpa?
-¿Por qué en las sagradas escrituras les va tan mal a los ricos, al punto de que parecería que la sola condición de ser acaudalado impide el acceso al cielo, incluso para hombres buenos y caritativos? ¿No debería la Iglesia mirarse en el espejo antes de juzgar?
-¿Por qué la religión católica siempre le ha dado al sexo una connotación pecaminosa, tolerándolo apenas con fines reproductivos, si incluso el Papa Francisco decía que “es para disfrutarlo y constituye un regalo de Dios”? En ese marco, ¿las parejas unidas en matrimonio que, por alguna razón, no pueden procrear estarían vulnerando los principios y dogmas católicos si tienen relaciones íntimas?
-Dice el Evangelio: “Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que un rico en el reino de los cielos (Mateo, 19 23-30)”. ¿Qué tiene que ver un camello en esta metáfora? ¿no sería más lógico decir que es más fácil que pase una soga por el ojo de una aguja? ¿Hubo un error de transcripción del griego antiguo —idioma original del texto— donde camello era kámelos (καμήλα), palabra muy parecida a kámilos (χορδή) que significa soga?
-Teniendo en cuenta que el Nuevo Testamento se escribió en griego koiné, luego traducido al latín por San Jerónimo en el siglo IV y, posteriormente, a múltiples idiomas, ¿no es razonable pensar que hubo errores de traducción significativos? ¿Cuántas certezas doctrinales descansan sobre giros lingüísticos mal interpretados o sobre énfasis teológicos que no estaban en el texto original?
-¿Por qué si el sacerdote mexicano Marcial Maciel fue responsable de cientos de casos de pederastia, todos comprobados y documentados, el Papa Juan Pablo II no solo no lo expulsó de la Iglesia, sino que exaltó su figura, lo presentó como ejemplo de vida religiosa y lo llamó “el Apóstol de la Juventud”?
-¿Por qué en la Iglesia Católica no se permite que las mujeres sean sacerdotes, a diferencia de lo que ocurre, por ejemplo, en la Iglesia Anglicana? ¿Acaso otra muestra del machismo institucional revestido de tradición?
-¿Por qué el Papa Pío XII no denunció de forma explícita y pública el Holocausto, sino más bien guardó silencio frente a los crímenes cometidos por el nazismo durante la Segunda Guerra Mundial?
-¿Por qué la Iglesia es tan estricta al prohibir la comunión a parejas que viven en unión libre, pero mira para otro lado en los casos más aberrantes de pederastia cometidos por sus propios sacerdotes? ¿Es acaso la unión marital de hecho un pecado más grave que el abuso sexual de un niño?
Remate al Arco. Dejo, finalmente, dos paradojas clásicas que han quitado el sueño a teólogos y filósofos:
1. La llamada paradoja de la omnipotencia surge de la idea de que Dios puede hacer todo lo que se imagine. Por tanto, si Dios puede crear una piedra tan grande que ni Él mismo pueda levantarla, entonces su poder está limitado por la roca. Si no puede crearla, entonces no es omnipotente.
2. La paradoja de Epicuro se plantea de la siguiente manera:
Si Dios quiere impedir el mal pero no puede, entonces no es todopoderoso.
Si Dios puede impedir el mal pero no quiere hacerlo, entonces no es totalmente bueno.
Si Dios quiere y puede impedir el mal, entonces ¿por qué hay maldad y sufrimiento en el mundo?
