Hoy se llevan a cabo las elecciones para el Congreso. Los colombianos elegiremos los senadores y representantes que lo conformarán durante los próximos cuatro años. A su vez, habrá consultas interpartidistas y, a diferencia de lo ocurrido en 2022, será necesario solicitar expresamente el tarjetón que las integra.
Me llama la atención que nadie habla de estas elecciones. Me parece que estamos enfrascados en un presidencialismo excesivo y toda conversación política gira alrededor del nombre del próximo mandatario. Tengo la impresión de que la composición del nuevo Congreso se trata como si fuera un trámite menor, un asunto intrascendente, cuando es todo lo contrario.
El Congreso, a parte de su labor legislativa, es quien aprueba el Presupuesto General y las reformas tributarias; ejerce control político para frenar abusos del Ejecutivo o, en su defecto, respalda la gobernabilidad que necesita el presidente; destapa escándalos y contribuye a corregir el rumbo del país. Conviene, entonces, mirar con lupa por quién votar para Cámara y Senado. Votar informados —a través de medios serios y confiables— es casi una obligación cívica. Pienso que no ponerle la atención que exige el proceso nos lleva a desconocer el poder Legislativo, lo que es un grave error.
Dicho lo anterior, y sin desconocer la relevancia de elegir un buen Congreso que marcará el rumbo institucional del país, admito que lo que más me atrae de esta jornada son las consultas. Funcionan como una suerte de elecciones primarias y resultan determinantes de cara a las presidenciales. Estas son las tres que encontraremos en un mismo pliego:
1. Consulta de las soluciones: Salud, Seguridad y Educación.
Este fue un invento de Claudia López para visibilizar su candidatura, aunque en términos prácticos, no decide nada esencial. La consulta tiene más nombre que sustancia. Ante la negativa de Fajardo, Claudia se medirá con el poco conocido Leonardo Huerta y no hay duda de que resultará vencedora. La verdadera incógnita es otra: ¿alcanzará un caudal de votos suficiente para instalarse con fuerza en la conversación nacional? ¿De sacar un número importante —digamos más de un millón y medio de votos— se convertirá en una contendiente de peso real? De hecho, viene subiendo en las encuestas —ya superó a Fajardo— y algunos analistas políticos sostienen que, de llegar a segunda vuelta, le ganaría a Cepeda.
2. La Gran Consulta por Colombia.
Es la consulta por la cual votaré. A mi juicio, reúne gente valiosa, capaz y preparada para ejercer la presidencia. En términos generales, me convencen Cárdenas, Galán y Oviedo. Sin embargo, todo indica que la ganará Paloma Valencia, como lo he pronosticado desde hace meses, y las encuestas parecen darme la razón. Aun así, mi voto será por Galán. Considero que, aunque hay buenos candidatos, es quien mejor interpreta una visión liberal y moderna para el país (y aclaro, para los malpensados, que la chaqueta que me obsequió no tiene nada que ver).
Si en efecto gana Paloma, sería la primera mujer en alcanzar la presidencia y, con ello, el uribismo volvería al poder. En este escenario, y para honrar los acuerdos hechos entre los candidatos de respaldar a quien resulte vencedor, Juan Manuel Galán terminará apoyando a la candidata del uribismo que representa exactamente lo contrario de las ideas liberales que defendió su padre. Las paradojas e incongruencias de la política.
3. Consulta Frente por la Vida
Si bien no votaré esta consulta, me interesa su desenlace por el impacto que pueda tener en el futuro de la candidatura de Iván Cepeda. A diferencia de lo que creía, Roy Barreras —quien armó la consulta— no es el más opcionado para ganarla, sino Daniel Quintero, según todas las encuestas. ¿Será insuficiente la maquinaria de Roy, sus alianzas, su cancha, sus asesores internacionales y recursos invertidos para imponerse al exalcalde de Medellín? Me cuesta creerlo. ¿No será que los cepedistas apoyan a Quintero para frenar a Roy porque ello favorecería a su candidato?
Si, contra todo pronóstico, Roy gana la consulta y saca más votos que los que sacó Iván Cepeda en octubre pasado, ¿podría disputarle legítimamente la candidatura del Pacto Histórico? ¿se convertirá en el candidato de la izquierda sin ser de izquierda? ¿será abiertamente el ungido por Petro y su apuesta para continuar su proyecto político? ¿veremos una izquierda dividida entre él y Cepeda?
Ahora bien, si Quintero triunfa, ¿no será un contrasentido que continue en la carrera presidencial, si tenemos en cuenta que enfrenta un complejo panorama jurídico con una imputación formal de cargos por presunta corrupción, durante su alcaldía de Medellín? ¿Estaremos ante otro Rodolfo Hernández, con arrastre popular pero sombras judiciales?
Tres interrogantes finales:
En las dos últimas elecciones quienes han obtenido más votos en las consultas han sido elegidos presidente. ¿Pasará lo mismo esta vez o el próximo presidente surgirá por fuera de estas tres consultas?
En una eventual segunda vuelta, ¿Paloma y Abelardo terminarían unidos, con el fin de atajar a Cepeda?
¿Fue un error estratégico de Fajardo no haberse sometido a una consulta manteniéndose en su idea de ir directo a primera vuelta y desperdiciando la oportunidad de mayor visibilidad y divulgación de sus propuestas?
Remate al Arco. El camino a la presidencia no está fácil para ninguno y el nombre del próximo jefe de Estado sigue siendo incierto. Las encuestas señalan a Abelardo y Cepeda como los candidatos que pasarán a segunda vuelta. No me extraña que vayan punteando porque situarse en los extremos suele garantizar respaldo fácil de la gente. En Colombia prevalece una creciente —y hasta enfermiza— tendencia a las posiciones de extrema y al absolutismo ideológico, que a nada bueno conducen.
Así las cosas, me temo que estamos abocados a repetir la historia de 2022: decidir entre un mal y un mal mayor. Lamentable, pero no sorprendente.
