Soy un descreído de los partidos políticos. Hubo un tiempo, sin embargo, cuando el bipartidismo aún reinaba, en el que me decía liberal. En parte porque me hacía sentido su tesis de favorecer la libertad individual; aunque también pesaba la influencia de mi entorno familiar. Hoy, esos dos partidos —liberal y conservador— no son más que una sombra de lo que fueron. Son estructuras anquilosadas, atrapadas en la inercia del pasado. Sospecho que pasará mucho tiempo antes de que alguno de ellos vuelva a poner presidente.
En mis años universitarios, simpaticé con el Nuevo Liberalismo y creía firmemente en Luis Carlos Galán. De hecho, mi primer voto, estrenando una cédula aún fresca, fue por él. Su asesinato me produjo una frustración profunda. En Galán, millones de colombianos habíamos depositado las esperanzas de que, por fin, llegaría a la Presidencia un hombre correcto, con la capacidad y el talante necesarios para gobernar con acierto. A mi modo de ver, el país perdió la oportunidad de ser conducido por un gran líder. Algo similar pudo haber pasado con Álvaro Gómez, igualmente asesinado.
Después comencé a votar por candidatos liberales: Virgilio Barco, César Gaviria y Ernesto Samper. Con el paso del tiempo, los partidos se me fueron desdibujando y empecé a votar por la persona, sin mirar mucho la colectividad a la que pertenecía. Así, voté por Álvaro Uribe —para su primer periodo—, Carlos Gaviria y Antanas Mockus. Desde 2014 he optado por el voto en blanco, para segunda vuelta, porque no me he sentido representado por ninguno de los candidatos finalistas: en 2014, no me convencían ni Juan Manel Santos ni Óscar Iván Zulñuaga; en 2018, no me parecían buenas opciones ni Duque ni Petro; y en 2022, Rodolfo Hernández o Gustavo Petro significaban un salto al vacío —sin paracaídas—
para la institucionalidad del país.
Sigo sintiéndome liberal más como una forma de pensar que por afinidad con el partido. Creo en la libertad absoluta de la economía, la libre competencia de mercado y tengo claro que el sector privado cumple un rol esencial en la sociedad y es el motor mismo de la economía. No me considero ni de izquierda ni de derecha —ni “mamerto” ni “facho”—. Estoy lejos de comulgar con esa ideología manida de izquierda que suele servir más como coartada para justificar la falta de resultados que como un proyecto serio de transformación. No me gusta el asistencialismo y no me parece conveniente tener un Estado robustecido manejando exclusivamente los asuntos más importantes del país, cuando todos sabemos que, con muy pocas excepciones, las entidades estatales son ineficientes y permeables a la corrupción, y que el sector privado suele hacerlo mejor.
Tampoco soy de los que creen que la solución está en los lideres autoritarios de derecha que se autoproclaman salvadores de la patria y presumen de "mano dura". No compro su narrativa de explotación del miedo y esa tendencia a imponer conceptos de seguridad que, en nombre del orden, terminan restringiendo la protesta social y debilitando el respeto por los Derechos Humanos.
Me identifico con la postura política de centro, entendida como la búsqueda de intereses y puntos de convergencia entre la derecha y la izquierda, en una actitud flexible y abierta, sin caer en dogmatismos. Eso se me hace sensato. Ser de centro no es sinónimo de tibieza o de falta de carácter. Es una salida válida para evitar los extremos sin caer en la radicalización, lo que equivale a ver el espectro político de forma atemperada, sin dejarse arrastrar por los apasionamientos que conducen a la insoportable polarización. No hay nada más patético que ver a fanáticos uribistas o petristas, con los ánimos exacerbados, ensalzando o defendiendo vehemente a sus caudillos, sin que les importe enemistarse con familiares y amigos que no opinan como ellos. Parecen olvidar que lo clave es defender causas, no políticos.
Lamentablemente, en los últimos tiempos la moderación parece haber pasado de moda y en el país ser equilibrado está mal visto. Creo que quienes piensan que, frente al caudillismo de izquierda, que conocimos con el gobierno Petro, Colombia solo puede ser “rescatada” por un líder autoritario de derecha tipo Bukele, están profundamente equivocados. El mesianismo, venga de la extrema izquierda o de la extrema derecha, puede ser igual de peligroso y siempre termina por devorar las instituciones que prometió proteger. Qué duda cabe.
Remate al Arco. En consonancia con lo anterior, poco me importa la etiqueta ideológica o el color de la bandera de un candidato, mientras no se sitúe en los extremos. Tampoco reparo en su género, su color de piel, su orientación sexual, si es poco carismático o no tiene grandes habilidades de comunicación. Lo que verdaderamente me importa son sus ideas, que sienta que me representa, que lo perciba como una persona íntegra y que considere que tiene la capacidad necesaria para dirigir al país. Como dijo Deng Xiaoping, expresidente de China: “No importa el color del gato; mientras pueda cazar ratones, es un buen gato”.
