A poco más de seis meses del final del mandato de Gustavo Petro, me anticipo a esbozar un balance general de su gobierno, aunque sea necesariamente preliminar.
No parece haber duda de que Petro dejará al país sumido en una profunda crisis, en varios frentes. Este ha sido un gobierno esencialmente destructivo y, suponiendo que su sucesor no sea Iván Cepeda, quien llegue a la Casa de Nariño —por muy bien intencionado y competente que resulte— difícilmente le alcanzarán los cuatro años para recomponer el rumbo y corregir el desastre que deja la actual administración
El presidente nunca demostró un compromiso genuino con el diseño y ejecución de políticas públicas eficaces para sacar el país adelante. Se dedicó a la retórica pugnaz e infructuosa; a la confrontación permanente —muchas veces sin medir al adversario ni el costo institucional— y a despachar fogosos trinos en los que la ortografía y la redacción suelen salir bastantes maltrechas. Como bien lo describió Felipe López: “Gustavo Petro es un agitador brillante, administrador incompetente con una personalidad paranoica y pendenciera, y unos hábitos de trabajo extraños”. A esa caracterización añadiría, de cosecha propia, que lo domina la obsesión por transformarlo todo: el país, el mundo y, si pudiera, la vecindad planetaria; un mesianismo atado a una ideología que, lejos de conciliar, tiende a promover polarización y odios.
Tampoco cumplió lo prometido en campaña porque a todas esas promesas fantasiosas se les atravesó la realidad. Petro fue incapaz de comprender que la nación es una suma de visiones diversas: prefirió imponer la suya a como diera lugar. Su gobierno fue de impulsos e improvisaciones, y desde hace mucho tiempo perdió el norte, si es que alguna vez tuvo brújula.
Fue, además, un pésimo gestor —algo que ya había quedado en evidencia durante su paso por la Alcaldía de Bogotá— y tampoco supo armar un equipo sólido, capaz y confiable en el cual apoyarse. Por el contrario, resolvió rodearse, en muchos casos, de funcionarios incompetentes e impresentables —eso sí con lealtad ciega o efervescencia ideológica— creando un caldo de cultivo para la corrupción y dilapidación de los recursos públicos, como lo hemos visto de manera reiterada. Los escándalos del gobierno no fueron excepciones: fueron parte del paisaje cotidiano.
Ahora, para redondear la faena:
Ø Incrementó el salario mínimo de forma desproporcionada, con claros fines populistas para fortalecer el caudal electoral de su candidato, ignorando deliberadamente los efectos adversos sobre el empleo, la informalidad y la inflación.
Ø Declaró una emergencia económica —confiemos en que la Corte Constitucional la tumbe— convirtiéndola en un atajo para introducir los impuestos que el Congreso le negó, y en una herramienta para gobernar sin controles y contrapesos.
Ø Endeudó al país mediante la emisión de títulos de tesorería por la pendejadita de $23 billones, con una tasa en promedio cercana al 13.5% —muy por encima de la registrada en años anteriores— lo cual constituye una hipoteca gravosa para el futuro que pagaremos todos con nuestros impuestos. Prefirió llevar el endeudamiento al límite antes que reducir el gasto público. Que hermoso el legado fiscal que recibirá el próximo gobierno.
Me imagino que el gobierno tuvo algunos logros puntuales. Sin embargo, la magnitud de desaciertos es tal que cualquier semilla que haya germinado en el desierto de su gestión terminará enterrada en la arena movediza de sus errores.
Remate al Arco. A veces me pregunto: ¿y si Rodolfo hubiera ganado? Creo que habría sido igualmente desastroso, aunque tiendo a pensar que el daño al país hubiese sido menor, si tenemos en cuenta que solo habría gobernado la mitad del periodo y que Marelen Castillo habría tenido que asumir los dos últimos años del cuatrienio. Nunca sabremos, a ciencia cierta, como le habría ido a Colombia en ese hipotético escenario. Tal vez, no tan mal como le fue con el gobierno que termina el próximo 7 de agosto.

Coincido contigo en el saldo en rojo de este mal gobierno, lo cual no es más que un cenicero o cenizario... no sé cuál de los dos... Solo reconozco algo a su favor así sea marginal o pírrico y que no compensa, lo siguiente:
ResponderBorrarEl fortalecimiento del recaudo tributario y de la lucha contra la evasión, que permitió mejorar ingresos estructurales del Estado.
Avances en la implementación del Acuerdo de Paz, particularmente en territorios históricamente abandonados.
Una política social que, con todas sus falencias, amplió coberturas en sectores vulnerables.
Y una agenda ambiental que, al menos en el plano internacional, posicionó a Colombia como actor relevante en la discusión climática.
Creo que evaluando los diferentes indicadores, el resultado es desastroso:
ResponderBorrarSeguridad, empleo, inflación, déficit, ejecución, salud, educación, vivienda, exportaciones, relaciones internacionales, finanzas públicas, infraestructura, suficiencia energética, nivel de endeudamiento, inseguridad, grupos delincuenciales. El CHU, CHU, CHU, no solo es en la salud, es en todo!!!
JS
Hola Jorge, buen día! Coincido en lo desastroso en términos fiscales y económicos, la inversión en Colombia disminuyó a indicadores de los años 90 del siglo pasado, con un 16% del PIB y el efecto en lo social, como el deterioro de la clase media, es decir cumpliendo al pie de la letra la cartilla Socialista - Comunista.
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