En defensa de los argentinos

 



Hay un par de chistes que retratan, con bastante puntería, la fama de prepotentes que persigue a los argentinos:


-¿Por qué los argentinos no usan paracaídas?
- Porque, de todas maneras, caen mal


-¿Cómo se suicida un argentino?
-Se lanza desde su ego.


La caricatura es vieja, pero sigue vigente. Eso sí, hay que hacer una distinción entre los porteños —los nativos de Buenos Aires— y el resto de los argentinos. Los primeros son los que se llevan la medalla de oro en petulancia, se creen europeos y son los poseedores de ese acento inconfundible que todos reconocemos. Tampoco conviene generalizar, porque no todos son así. Sería como decir que los hombres bogotanos no saben bailar; y eso no es cierto: conozco como a tres que se defienden con dignidad y, en un par de casos, hasta con cierto ritmo.

Ahora bien, si de hacer justicia se trata, los argentinos merecen una defensa. Con una salvedad: los jugadores de su selección en la reciente final del Mundial. Una vez más demostraron que son malos perdedores, tramposos y provocadores. Resultó lamentable ver a Messi intentando engatusar al árbitro o, peor aún, contemplando sin intervenir las agresiones de algunos de sus compañeros a los jugadores españoles una vez terminado el partido. ¿Ese es el verdadero Messi? ¿Ese es el ejemplo que ofrece a millones de niños que lo tienen como su ídolo? La grandeza, después de todo, no se mide solo en trofeos, sino en cómo se gana o se pierde.

En varias empresas donde trabajé tuve compañeros argentinos y, en más de un caso, la relación laboral terminó convirtiéndose en amistad. Me parecieron inteligentes y con un fino sentido del humor. Además, me dejaron la impresión de ser personas cultas, con una sólida formación intelectual y una notable facilidad para conversar de cualquier tema.

Argentina, en el plano deportivo, es mucho más que fútbol. En el tenis produjo figuras como Guillermo Vilas, ganador de cuatro torneos de Grand Slam; Gabriela Sabatini y Juan Martín del Potro, campeón del Abierto de Estados Unidos. En la Fórmula 1, Juan Manuel Fangio conquistó cinco campeonatos mundiales, una marca que permaneció vigente durante casi medio siglo. En boxeo brillaron Carlos Monzón y Nicolino Locche, mientras que en deportes como el rugby, el polo y el baloncesto también han escrito páginas memorables.

En literatura, el panorama es deslumbrante. Jorge Luis Borges es considerado por muchos el escritor más importante en lengua española del siglo XX. Julio Cortázar, es uno de los autores latinoamericanos más leídos del mundo. ¿Quién no leyó en el colegio Rayuela? Y Ernesto Sábato, autor de El túnel, recibió el Premio Cervantes, el máximo reconocimiento de las letras hispanas.

A propósito de Jorge Luis Borges, alguna vez alguien dijo —con humor exquisito— que no le dieron el Nobel porque los jurados suecos creyeron que ya se lo habían otorgado. Durante años viví convencido que mi nombre era un homenaje a él; hasta que descubrí la cruda verdad: proviene de un personaje de la radionovela de los sesenta El derecho de nacer.

La música argentina merece un capítulo aparte. Durante los años sesenta y setenta, las baladas tenían acento rioplatense. Palito Ortega, Sandro, Sabú, Leo Dan, Leonardo Favio y Piero marcaron una época. Luego llegaron Diego Torres y Alejandro Lerner. Pero si hablamos de folclor y canción de protesta es imposible olvidar a Mercedes Sosa, Facundo Cabral, Los Chalchaleros y Los Visconti; para no hablar de Atahualpa Yupanqui, considerado el padre del folclor de ese país.

Y si el tema es el tango, la conversación adquiere otro nivel. Es uno de los grandes símbolos culturales de Argentina que conquistó al mundo. Muchas academias de todo el planeta enseñan a bailarlo y cada año se celebra un campeonato mundial. Allí sobresalen nombres como Carlos Gardel —aunque dicen que nació en Toulouse, Francia—, Julio Sosa, Susana Rinaldi, Astor Piazzolla, Osvaldo Pugliese y Aníbal Troilo.

El rock en español, por su parte, tampoco se entiende sin Argentina. Soda Stereo, Enanitos Verdes, Los Fabulosos Cadillacs, Los Auténticos Decadentes, Vilma Palma e Vampiros, La Mosca Tsé-Tsé, Charly García, Miguel Mateos, Fito Páez y Andrés Calamaro dejaron una huella imborrable en varias generaciones latinoamericanas.

Pero, si tuviera que escoger una sola expresión artística argentina, me quedaría con su humor. Les Luthiers representan, para mí, la máxima expresión del humor inteligente e ingenioso. Su capacidad para jugar con el lenguaje y la música sigue siendo insuperable. A ellos habría que sumar a Roberto Fontanarrosa y a Joaquín Salvador Lavado (Quino), el padre de Mafalda.

El cine argentino también merece aplausos. Películas como La noche de los lápices, La historia oficial —ganadora del Óscar a Mejor Película Internacional en 1986—, Relatos salvajes, El hijo de la novia y El secreto de sus ojos —segunda estatuilla en 2010— son prueba de su calidad. En plataformas de streaming disfruté especialmente El Encargado, Nada y El Marginal.

Y qué decir de Buenos Aires. Una ciudad con personalidad europea y una identidad profundamente porteña. Su arquitectura, sus cafés, sus librerías —como la mítica El Ateneo—, su oferta cultural y su gastronomía —sobre todo, la calidad de sus carnes— la convierten en uno de los grandes destinos del continente.

No es que me rinda ante lo argentino, pero sería mezquino no reconocer que tienen mucho para admirar, por el simple hecho de que algunos de sus habitantes siguen convencidos de que Dios nació en Buenos Aires.

Remate al Arco. Con ocasión de mi cumpleaños número cincuenta, mi mujer me regaló un viaje a Argentina. Estuvimos en Bariloche, alojados en el emblemático Llao Llao, el mejor hotel en el que me he quedado. Lo que conocimos de la Patagonia fue absolutamente espectacular. No en vano la región es catalogada como una de las más bellas de Suramérica.
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