Respuestas Necesarias para Reflexionar

 



Comparto las reflexiones de mi amigo Eduardo Salcedo sobre la entrada de la semana pasada. Destaco su valioso contraste y su defensa de la Iglesia Católica desde una postura racional, sin fanatismos ni apasionamientos.


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Como se me ha hecho costumbre, cada domingo espero con expectativa la publicación de tu blog, el cual sigo con interés. Quiero referirme a la del domingo pasado —Preguntas Católicas— en donde haces un discernimiento de tu postura personal en relación con Dios, seguido de críticas válidas hacia la Iglesia Católica; cuestionamientos que yo también me hice en algún momento de mi vida y que incluso me llevaron a estudiar y entender otras religiones y formas de espiritualidad. Todo esto en busca de respuestas que me satisficieran tanto intelectual como espiritualmente.

Mi querido amigo, los dos compartimos la gracia de haber nacido en familias católicas y de haber estudiado en el Agustiniano. Y creo que, dentro de nuestras andanzas, nunca incluimos en nuestro programa una actividad espiritual como tal. Sin embargo, después de leerte, quería compartir contigo algunos puntos de vista que, con la gracia del Señor, puedan ser de beneficio para ti y los que te leen semanalmente.

Me gustó mucho el estilo de “preguntas honestas” y por eso quise hacer algunos comentarios en relación a unas cuantas de tus inquietudes, tratando no de dar “respuestas honestas”; sino más bien, dar respuestas racionales.

Lo primero que dices, eso de sentirte más cercano a Dios que a la Iglesia, lo entiendo. Esa relación personal con Dios es algo real y valioso. Pero a veces me hago una pregunta: ¿esa relación fue pensada para vivirse completamente solo o también con otros? Porque, nos guste o no, Jesús no dejó solo ideas sueltas; dejó una comunidad. Y sí, llena de gente imperfecta; pero comunidad al fin. Jesús nos dejó una Iglesia, tal como lo afirman los Evangelios.

Ahora, lo de los escándalos, ahí no hay forma de defender nada. Eso es gravísimo. Punto.

Pero incluso ahí me hago otra pregunta: ¿eso representa lo que la fe enseña o todo lo contrario? Porque, si es lo segundo —como yo creo—, entonces el problema no es la fe, sino la traición a ella.

Han pasado cosas muy graves y no se pueden maquillar. A mí también me han dolido. Pero, al mismo tiempo, a veces pienso esto —y lo digo con cuidado—: ¿estamos juzgando lo que se enseña o a quienes no lo han vivido bien? Porque si uno aplicara ese mismo criterio en otros campos, no quedaría nada en pie: ni en la medicina, ni en la política, ni en lo que quieras. Yo sé que hay médicos corruptos, médicos que fuman, que no practican lo que enseñan, pero no por eso voy a dejar de admirar ni de seguir practicando y estudiando la medicina como ciencia.

La Iglesia está formada por hombres, y el hombre, por naturaleza, es pecador. El mismo Jesús se rodeó de hombres que eran imperfectos: Judas lo traicionó, Pedro lo negó, Mateo era recaudador de impuestos… Obviamente, esto no lo justifica, pero sí te hace pensar.

También mencionas lo de la Iglesia y la riqueza. Y sí, es una tensión real. A mí también me ha hecho ruido; pero con el tiempo lo he ido viendo de otra manera. No tanto en términos de “cuánto tiene”, sino “para qué se usa”. Bienes como instrumentos al servicio: hospitales, escuelas, obras sociales. No hay otra institución social o caritativa en el mundo al servicio del necesitado como nuestra Santa Iglesia Católica. En muchos casos, ese “lujo” es solo patrimonio que no pertenece a individuos, sino a la humanidad. Eso sí —y en esto coincido contigo—, cuando no se vive con coherencia, se vuelve muy contradictorio. Y eso pesa.

Lo de la mujer adúltera, fíjate que yo antes lo veía parecido a como lo planteas; pero después me di cuenta de algo interesante: Jesús no se pone del lado del sistema, se pone del lado de la persona. Y, en el fondo, deja en evidencia la doble moral de quienes aplicaban la ley solo cuando les convenía. La escena no es una aprobación del machismo de la época, sino su exposición.

Con Judas pasa algo curioso. Mucha gente lo ve como alguien “destinado” a traicionar, pero a mí nunca me ha terminado de cerrar esa idea. Porque entonces, ¿dónde queda la libertad?

Más bien, lo veo así: Dios sabe, pero no obliga. Y eso, aunque suene simple, cambia bastante la perspectiva. Que Dios sepa lo que alguien hará no significa que lo obligue a hacerlo.

Judas no fue una pieza programada; fue un hombre libre que eligió hacer el mal.

Lo que dices del mal en el mundo, esa es de las preguntas que no se responden fácil. Yo tampoco tengo una respuesta perfecta. Pero sí hay algo que a mí me hace sentido: si quitamos la posibilidad del mal, también quitamos la libertad. Y entonces ya no hay amor real. No sé, es una tensión que permanece.

Sobre la Biblia y las traducciones, no entro en mucho detalle porque es un tema muy complejo que siempre me ha apasionado. Solo te digo, mi querido Jorge Luis, que el núcleo del mensaje cristiano no depende de un giro lingüístico aislado o de una palabra exacta, sino de algo muy coherente y consistente que se ha transmitido de forma bastante intacta hasta nuestros días.

Para terminar, solo te digo algo con total honestidad: yo tampoco creo en una Iglesia perfecta. Ni cerca. Pero en lo que sí creo verdaderamente es en Cristo. Y si Cristo fundó una Iglesia visible, con autoridad y comunidad, es en esa Iglesia en la que quiero creer y estar.

Y si Cristo mismo lo propuso, vale la pena entenderlo bien antes de descartarlo. Y, más allá de todo esto —que al final son ideas—, hay algo que valoro mucho más: poder compartir estas líneas con mi gran amigo de colegio. Creo que, por alguna razón, nos volvimos a encontrar.


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