Cargas Invisibles

 



Rafael Santandreu es un reconocido psicólogo catalán formado en la Universidad de Barcelona, con estudios posteriores en Inglaterra e Italia, que se ha convertido en una de las voces más influyentes de la psicología cognitiva en el mundo hispano. Ha dedicado buena parte de su carrera a desmontar creencias irracionales que nos amargan la existencia. A través de sus exitosos libros como "El arte de no amargarse la vida", "Las gafas de la felicidad" o "Nada es tan terrible", promueve la salud emocional y la reestructuración de creencias para alcanzar una vida plena.

Hace unos días me topé en YouTube con un video suyo cuyo clickbait me sedujo: “15 Cosas que ya no necesitas después de los 60”. Lo vi con atención, me dejó pensando y, para escribir esta entrada, lo volví a reproducir. No exagero si digo que es de lo más sensato que he escuchado en muchos años. También es, por momentos, incómodo. Y eso, en estos temas, suele ser buena señal porque seguramente tocan verdades que evitábamos mirar.

En el video, que me pareció cortado, en realidad se exponen 6 cosas, no 15 como anuncia el título ni 10 como se advierte al inicio (tal vez el resto se quedó en la edición o en otra entrega). Pero esas seis bastan para plantear algo simple y, a la vez, radical: después de los sesenta —o quizá bastante antes—, si aspiramos a una madurez emocional auténtica, hay cargas que ya no deberíamos seguir arrastrando. Aquí van, como las entendí:

1. Necesidad de aprobación externa. Con la madurez, liberarse de la presión social es fundamental. La idea central es que la autenticidad debe prevalecer sobre la necesidad de aprobación externa, priorizando la paz interior sobre las expectativas ajenas. Y no es egoísmo, es sensatez. A estas alturas del partido, no debería importarnos, en lo absoluto, “el qué dirán”. Hay que dejar de vivir para la tribuna y empezar a vivir para el propio criterio.

2. El resentimiento y las viejas heridas. El perdón es presentado como una herramienta de liberación personal. Guardar rencor erosiona la salud mental y física, y hace que vivamos atrapados en el pasado. El rencor es un veneno que uno se toma esperando que muera el otro. Si alguien nos hirió debemos hacer que esa herida no gobierne nuestro presente. Llegar a la vejez sin perdonar es vivir en una cárcel autoimpuesta, cargando una sentencia que nadie más está cumpliendo. Perdonar no es un favor al otro; es una inversión en nuestra propia paz interior.

3. La comparación. Compararnos con los demás es el ladrón número uno de la alegría. Solemos confrontar nuestra trastienda con la vitrina pulida del vecino: su mejor versión contra nuestra peor foto. Y en esa asimetría siempre salimos perdiendo. La trampa está en que solo vemos la versión editada del otro: su highlight reel contra nuestro making-of completo. En lugar de medirnos obsesivamente con otros, tiene más sentido agradecer lo que tenemos, reconocer lo que somos y valorar lo que todavía podemos hacer.

4. La acumulación material. Cuando la casa está saturada de objetos innecesarios, la mente también se llena de ruido. Las cosas materiales que guardamos “por si acaso”, pero que no necesitamos ni usamos, ocupan no solo un espacio físico, sino mental. No debemos caer en la trampa de justificarnos para mantenerlas. Cada cosa que se suelta nos libera un poco del miedo a perder. Desprenderse no empobrece; aligera. Y a veces aligera más de lo que uno esperaba.

5. La mentalidad de víctima. Echarle la culpa a los demás de lo malo que nos pasa equivale a renunciar a una parte de nuestra capacidad de acción. Mientras nos veamos como víctimas estamos renunciado al poder de transformar lo que nos queda de camino. La victimización crónica termina por aislarnos y endurecernos, y cansa a los demás. No es una identidad; es una trampa narrativa. No se trata de negar el dolor, sino de decidir qué hacemos con él.

6. Expectativas irreales sobre la familia. Quizá el punto más incómodo. Los hijos nos deben menos de lo que creemos. No firmaron un “contrato vitalicio” de atención y compañía eterna. Tienen sus propias vidas, prioridades y batallas. Tener expectativas irreales sobre la familia en la vejez es una de las causas más grandes de sufrimiento silencioso. Ajustar expectativas no implica enfriar el amor; implica hacerlo más libre y menos demandante. La calidad de un vínculo siempre pesará más que la frecuencia de las visitas.

El enfoque de Santandreu —anclado en la psicología racional— me entregó una perspectiva poderosa: envejecer no solo como declive, sino como oportunidad de empoderamiento, libertad y paz mental. El reto, entonces, es liberarse de esas cargas, soltar las cosas que nos roban la tranquilidad y la alegría de vivir, para centrarnos en lo que realmente importa: el bienestar personal, los vínculos profundos y una paz interior que ya no queremos negociar.

Pienso que soltar esas cargas invisibles, en el fondo, es un ejercicio de higiene emocional. Difícil, sí. Imposible, no. Y quizá se hace más urgente que nunca en la etapa de la vida que se abre después de los sesenta.

Remate al Arco. Dejo el link del video. Son catorce minutos que valen la pena. A veces, lo más transformador no es añadir cosas a la vida, sino atreverse a restar.
 https://www.youtube.com/watch?v=0EwB85kIm7Y 

Tal vez te interesen estas entradas

1 comentario

  1. Mi querido amigo Jorge Luis comparto plenamente esos 6 puntos prácticos de reflexión de las cosas que no necesitamos y que nos facilitan el poder disfrutar de manera más plena nuestra vida a esta alturas del partido de la vida, sin ser psicólogo ni mucho menos faltado ya 15 minutos y contando con un tiempo extra que nos den …..yo agregaría tres puntos que SI necesitamos después de los 60. El primero una rutina espiritual que nos acerque a Dios y nuestros semejantes. El Segundo cuidar nuestra salud; una rutina sana que incluya buen ejercicio y comidita lo más saludable posible…..y el tercero tratar al máximo de tener las finanzas en regla para estar tranquilos para disfrutar de una manera digna hasta el pitazo final ….

    ResponderBorrar