Gracias, señor Rodríguez

 



Con un emotivo mensaje, James Rodríguez le dijo adiós a la Selección Colombia. Se fue —en mi opinión— el jugador más importante en la historia del fútbol colombiano. Un futbolista que, cuando vestía la tricolor y se ajustaba el brazalete de capitán, se agrandaba y daba lo mejor de sí. Defendía la camiseta como pocos; competía con el alma y entregaba hasta la última gota de esfuerzo. Su amor por la Selección y su orgullo de representar al país jamás estuvieron en discusión.

Siento nostalgia; pero, a la vez, estoy convencido de que era el momento. Néstor Lorenzo reveló que, tras el partido contra Suiza que selló la eliminación de Colombia del Mundial, James le comunicó su determinación de cerrar su ciclo con la Selección. Una decisión entendible, después de su discreta participación en la Copa del Mundo y en la que estuvo lejos de mostrar la versión que tantas veces enamoró al país.

Tuve la fortuna de verlo varias veces en una cancha. La primera fue en el Mundial Sub-20 disputado en Colombia. Por entonces jugaba en el Porto de Portugal y parecía capaz de hacerlo todo: organizaba el juego con virtuosismo; asistía con la precisión de un relojero; cobraba tiros libres y tiros de esquina con una zurda que hipnotizaba; marcaba con firmeza; recuperaba balones y, por supuesto, anotaba goles. Como si fuera poco, le sumaba una intensidad física que lo llevaba a recorrer el campo durante los noventa minutos. Desde aquel torneo seguí su carrera con atención y empecé a comprender que estaba frente a un futbolista de dimensiones extraordinarias.

James deja el listón muy alto para las nuevas generaciones. Haber sido el diez del Real Madrid; consagrarse como máximo goleador de una Copa del Mundo y ganar, además, ese mismo año, el Premio Puskás, gracias al espectacular gol de volea que marcó contra Uruguay en los octavos de final de Brasil 2014, no son logros menores. Los números también hablan: 131 partidos, 31 goles y el segundo lugar entre los máximos anotadores de la historia de la Selección, apenas por detrás de Falcao. Aunque también tuvo partidos para el olvido con la Selección, el balance de su recorrido es ampliamente positivo. Nos regaló muchas más alegrías que frustraciones.

En lo personal, siempre le estaré agradecido por la felicidad que me brindó durante la Copa Mundo Brasil 2014. Gracias a él, Colombia alcanzó los cuartos de final, la mejor participación de su historia en una Copa del Mundo, y lo hizo marcando en todos los partidos que disputó. Cada centavo que gasté en ese Mundial valió la pena para verlo en su máximo esplendor, liderando a una Selección brillante que, tal vez, sea la mejor que ha tenido el país.

También le debo a James el hecho de que mis hijas se interesaran, aunque fuera un poquito, por el fútbol y me acompañaran a ver algunos partidos de la Selección durante el Mundial de 2018. La razón: James les parecía churro.

Remate al Arco. Con su retiro de la Selección, se vuelve a poner sobre la mesa la discusión sobre si es el mejor jugador que ha dado la tierrita. Es difícil encontrar consenso y cada quien, de acuerdo con sus gustos personales, tendrá su favorito, los argumentos y sus recuerdos.

Para mí, James Rodríguez no es el mejor; pero sí —como ya dije— el más importante de la historia. Sigo creyendo que el mejor es Willington Ortiz. Considero, además, que Carlos “El Pibe” Valderrama ha sido el jugador más influyente; Falcao García, el mejor nueve que ha producido el país; y Faustino Asprilla, el futbolista que, por sus condiciones, pudo haber llegado más lejos que los anteriores. Infortunadamente, y por las razones que hayan sido, se malogró una carrera que, de haber alcanzado todo su potencial, lo habría podido llevar a la cima del fútbol mundial.


 

 

  

 


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