El martes pasado compartí mesa con mi exesposa en un restaurante italiano que no conocía y que me encantó: Cacio & Pepe. El plato que elegí —Linguini Arrabbiata— estuvo absolutamente delicioso; el lugar, sobrio y acogedor; y el servicio, sencillamente impecable.
No suelo almorzar frecuentemente con Adriana, pero cuando lo hago conversamos bastante. Incluso más que cuando estábamos casados. Y, por supuesto, hablamos del tema común que más nos importa: nuestras hijas.
En un momento del almuerzo, Adriana advirtió que Juan Manuel Galán —el precandidato presidencial— acababa de pasar cerca a nuestra mesa. Al voltear, vi a un hombre de chaqueta roja alejándose, quizá rumbo al baño. Reconozco que los Galán me caen bien y me inspiran confianza. De hecho, la elección de Carlos Fernando como alcalde me alegró y me pareció un paso en la dirección correcta para Bogotá.
Minutos después, lo vi regresar en nuestra dirección. Así que, cuando lo tuve cerca, en lugar de resguardar el celular que estaba sobre la mesa, —como probablemente habría hecho con la mayoría de los políticos, para evitar que “se extraviara”—, lo saludé, y de paso, le traslade una inquietud que desde la mañana rondaba por mi cabeza.
En concreto, le pregunté si no había sido un error estratégico haber permitido que Paloma Valencia aterrizara en la consulta interpartidista de la centroderecha, prevista para el próximo 8 de marzo. Desde mi perspectiva —la de un ciudadano del común— esa jugada resulta desacertada y, a mi modo de ver, una contradicción ideológica.
En primer lugar, la consulta pierde aún más su condición de centroderecha y sigue corriéndose hacia la derecha, algo que ya había ocurrido con el ingreso de Vicky Dávila. En segundo término, se impregnó de uribismo, lo cual —particularmente— no veo con buenos ojos, teniendo en cuenta que la candidatura de Valencia recoge las banderas tradicionales del Centro Democrático. Además, pienso que Paloma es la candidata a vencer: la más opcionada, en la medida en que tiene mayor reconocimiento y un respaldo del sólido aparato político del uribismo.
Con la mayor amabilidad y comunicando muy bien sus ideas —algo que siempre le he reconocido— Galán intentó darme lo que pudiéramos llamar un parte de tranquilidad. Según él, al entrar a la consulta, Paloma se cierra la puerta a una eventual alianza con Abelardo De la Espriella; aunque, hasta donde entiendo, no existe un impedimento legal que lo prohíba, sino más bien un costo político difícil de asumir. También consideró que ella no es la más opcionada para ganarla y citó una encuesta que respalda su tesis. En últimas, me dijo que lo importante era sumar.
Asumo que los arquitectos de la consulta hicieron rigurosamente los cálculos políticos para decidir quienes podrían hacer parte de ella. Confío en su estrategia, pero no hay que olvidar que Álvaro Uribe, jugador político demasiado hábil, también debió hacer los suyos, así en público se diga que la decisión de la movida es autónoma de la senadora. Las preguntas, entonces, surgen solas: ¿por qué el expresidente le permitió a Paloma entrar a la consulta?, ¿cuáles son sus cuentas?, ¿acaso busca que su candidata se perciba menos radical, incluso ligeramente desplazada hacía el centro? De cualquier forma, cualquier candidato uribista, comparado con Abelardo —ubicado en la extrema derecha del espectro político— puede parecer hasta mamerto.
Ojalá el ganador de la consulta sea el propio Galán, Cárdenas, Luna o el mismo Oviedo. Me gustan los cuatro y creo que, al igual que Sergio Fajardo —quien va directo a primera vuelta y sigue cabalgando solo, cual Llanero Solitario— están en capacidad de hacer una buena presidencia, retomar el rumbo correcto del país y devolvernos la esperanza de que podemos salir del caos en que nos sumió el actual gobierno.
Remate al Arco. La chaqueta que vestía Juan Manuel exhibía en el frente la legendaria imagen de su padre, Luis Carlos Galán. Esa misma que el publicista Carlos Duque convirtió en ícono y que yo, en épocas universitarias, adherí orgulloso a la tapa de un cuaderno Jean Book. En ese entonces, estaba convencido de que, por fin, llegaría a la Presidencia el hombre correcto para dirigir los destinos de Colombia. Pero las balas del narcotráfico nos arrebataron esa ilusión. Que dolor, que frustración y que indignación me produjo su asesinato.
Le pregunté dónde podía conseguir una chaqueta así. De manera amable —y sin que se sintiera impostado— se ofreció a obsequiarme una y me pidió que anotara su número celular. Sé que los políticos, en especial en época electoral, son especialmente amigables, prometen de todo, no niegan una foto, alzan niños ajenos y hasta bailan, aunque no lo hagan muy bien, lo que suele rayar en lo ridículo. Sin embargo, sentí que estaba siendo sincero. Así que en lugar de tomar su número, le di mi tarjeta personal.
Para mi sorpresa, minutos después me escribió:

Que buena historia de la cena con Adriana y además de mucha actualidad política, a propósito de los candidatos del centro “Cuando la política va a los extremos, el dialogo suele caer en el centro”, el tema no es menor, cuando está el riesgo imminente que gane el candidato de las FARC, para entender que definitivamente la guerrilla termine de tomarse a Colombia.
ResponderBorrarQue gran anécdota. Yo creo que sí manda la chaqueta.
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