Cuidado con Los Extremos

 



Aunque ninguna encuestadora me lo ha preguntado, de todas maneras respondo: si las elecciones presidenciales fueran hoy, votaría por Sergio Fajardo, aun siendo consciente que no pasaría a la segunda vuelta. Según las encuestas divulgadas a finales de noviembre —y sin que ello sea una gran sorpresa—, los candidatos que terminarían disputándose las llaves de la Casa de Nariño serían los dos polos opuestos del espectro político: Iván Cepeda y Abelardo De la Espriella.

Esta intención de voto es la foto de un país enfrascado en la polarización, casi adicto a los extremos. La enfermiza tendencia a las posiciones extremas y el absolutismo ideológico, que a nada bueno conllevan, ha llevado a que muchos colombianos, aunque juren no ser maximalistas, se sientan cada vez más cómodos ubicándose en la extrema derecha o en la extrema izquierda.

Iván Cepeda representa claramente el continuismo del actual gobierno, incluso en una versión más radicalizada, más socialista, más comunista. Su visión política se inscribe en una izquierda dura, estatista, que no ha hecho autocrítica sobre los fracasos de ese modelo en la región. No es descabellado pensar que promovería una asamblea constituyente para rediseñar la Carta Política a su conveniencia, alineado con los postulados de la izquierda más ortodoxa. Sus alabanzas a Hugo Chávez, su simpatía —en cierta forma cómplice— con la dictadura de Maduro y su historia de cercanía con las FARC, dan cuenta de su sesgo ideológico y su visión de poder. Todo ello, como mínimo, debería encender las alarmas democráticas.

A Cepeda nunca le he oído condenar vehementemente la violencia como forma de cambio social. En cambio, sí le escuchado su voz de solidaridad con bandidos como alias Jesús Santrich, a quien calificó de víctima. De llegar a la Casa de Nariño, insistirá en la inconveniente y fracasada “paz total”, un proyecto que ha terminado favoreciendo a guerrilleros y organizaciones criminales. Profundizaría el deterioro del sistema de salud, impulsaría reformas de corte estatista, continuaría asfixiando la iniciativa privada —condenándonos a seguir administrando el subdesarrollo— y agudizaría la ya tensa relación con los Estados Unidos. Todo esto, sobre el telón de fondo de un desbarajuste fiscal aún más pronunciado. En otras palabras, terminaría “la obra” de Petro para rematar lo que queda de país. Por eso, nunca votaría por Iván Cepeda, en ningún escenario.

Abelardo De la Espriella tampoco me resulta una opción tranquilizadora, aunque es innegable que se ha convertido en un fenómeno político. Se ha presentado como una suerte de Bukele criollo: un líder autoritario de ultra derecha que pisotea los derechos humanos so pretexto de doblegar a la delincuencia. No sería extraño que, llegado al poder, siguiera sus pasos en cuanto a reformar la constitución para perpetuarse. A De la Espriella las libertades individuales no es algo que lo trasnoche y su enorme ego hace que no le importe demasiado el respeto por las opiniones de los otros. Alguien que afirma que la ética nada tiene que ver con el derecho —por dinero, ha aceptado defender a los más oscuros personajes— difícilmente podría erigirse como el garante de nuestra democracia, pues sus principios quedaron en entredicho. Es legítimo en el ejercicio de su profesión, pero otra cosa muy distinta es pretender que ese pragmatismo sin escrúpulos sea la credencial política para erigirse como el guardián de nuestra democracia y presentarse como el salvador de Colombia. Sus vínculos con los paramilitares y con uno de los testaferros de la dictadura venezolana, de donde habría provenido su gigantesca fortuna, es un secreto a voces, aunque todavía insuficientemente investigados.

Más allá de presentarse como un baluarte antipetrista y querer destripar a la izquierda, no le he escuchado mucho más. Admiro su oratoria y la fuerza con la que comunica. Para no ser un político de carrera, tiene un notable poder de convocatoria y la prueba de ello es que va segundo en las encuestas. No obstante, me parece que, hasta ahora, su campaña no pasa de ser un eslogan y no creo que eso le alcance. No llegará a la presidencia únicamente con los votos de quienes odian a Petro. No basta con repetir —aunque sea cierto—, que el actual gobierno es corrupto. Se requieren propuestas concretas y viables para atender a un país que hoy está en cuidados intensivos. Por ahora, la mayoría de los analistas políticos coincide en que, de pasar a segunda vuelta, perdería frente a Cepeda.

Aunque falten todavía más de cinco meses para el primer round y la foto puede cambiar, a plata de hoy, la presidencia la disputarían Cepeda y De la Espriella y, francamente, con ninguno de los dos quedaría tranquilo. Así que, como en 2022, el camino que me quedaría sería el voto en blanco, esa forma elegante de decir “ninguno de los anteriores”.

Remate al Arco. Con Cepeda este país terminará por irse al despeñadero. Su gobierno sería Petro Recargado: recargado de odio, de estatismo y de la peligrosa manía de dividir a los colombianos entre “ellos” y “nosotros”. En el otro extremo, Abelardo es un hombre intachable. Sí, intachable… en el tarjetón. En resumidas cuentas: entre estos dos, que entre el diablo y escoja. 

 

 

 

 


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2 comentarios

  1. Ojalá salga un candidato fuerte de Centro o uno de la coalición de opositores, de pronto David Luna. GCM

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  2. La situación actual de la Nación nos llevan a tomar decisiones extremas, por ser tan complacientes con los bandidos que promueven todas las formas de lucha y equiparando derechos de los delincuentes con la de la gente que se esfuerza por sacar adelante a sus familias, con apego a la Ley, tienen al país en un caos de injusticia y sufrimiento para las poblaciones coptadas por estos bandidos como el Cauca, Chocó, Nariño, Putumayo, Caqueta, Huila y los 26 departamentos restantes y ni hablar de la corrupción rampante en todo los estamentos sociales. Es muy doloroso lo que tienen que soportar estás poblaciones ante el desamparo del estado y al final de todos que elegimos a sus verdugos. En Colombia nunca ha habido un gobierno que defienda los principios fundamentales de la sociedad y el sentido común de lo natural. Es el momento de la Libertad apegada a las leyes Divinas.

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